24 nov. 2010

Cavilaciones de un militante de izquierdas antes de ir a votar


 

Al igual que todas las sociedades siempre han despreciado y excluido a las personas más empobrecidas y marginales, desterrándolas, sino al olvido, sí a los arrabales de sus ciudades, los partidos de izquierda, al igual que aquéllos, somos los pobres de la política con quienes nadie quiere identificarse y, menos aún, mostrar su apoyo públicamente -permítanme que haga este símil que se lleva fraguando en mi mollera desde hace algunos días-. Lo que sucede es que, aunque las personas tiendan de forma natural a desplazar de sus vidas, a ignorar, lo que consideran como formas fracasadas de existencia, no por ello dejan éstas de existir, ni su existencia deja de ser conocida por todos. Pues bien, estoy en el convencimiento de que lo mismo sucede con la izquierda política, la verdadera, aquélla que se distingue claramente de todas las demás porque en ella todo es escasez y praxis solidaria; que se distingue, también, porque en ella no hay ampulosidad ni individualismos exacerbados; donde todo se comparte menos el bullicio de las multitudes enfervorecidas que nunca van a acudir a sus no-lugares.

Sumida en sus miserias y penalidades, la gente es incapaz de creer en algo que no simbolice todo aquello que ansían como puedan ser el poder, el éxito o la abundancia material. En algunos casos, son la desidia y pataleo infantil los que provocan que en nada se crea, convirtiéndose en la mejor solución para hacer frente al difícil reto que supone hoy en día comprometerse políticamente, ¡y ya no digamos con una política que sea coherente con lo que pensamos! Esto último es muy importante porque convencido estoy, también, de que son muchos y muchas los que no votan según lo que puedan pensar, sino que lo hacen según lo que sienten más superficialmente*. Nadie va a disfrutar con nosotros de la correspondencia mediática que más íntimamente se desea; nunca van a sentirse arropados por la ficción momentánea de formar parte del grupo elegido: el que ha de manejar auténtico poder y el que ha de tomar las decisiones importantes. Parece ser que nadie quiere ir a la fiesta con los que tienen el pastel más pequeño. Parece que digan que, en el fondo, todos nos sentimos gente importante y queremos lo mejor.

Pero, también los hay quienes creen por error que están por encima o fuera del sistema. Los llamados abstencionistas son como los agnósticos que no se deciden a definirse como ateos (lo que en última instancia sería más coherente), y despotrican de dios, de la Iglesia y de todo ceremonial religioso pero después no obran en consecuencia y se reservan un derecho, muy cómodo por cierto, a no negar rotundamente la existencia de un dios. Arguyen que existen cosas que el ser humano no es capaz de percibir ni de comprender -vamos, que no se pueden demostrar-. Practican un juego perverso que se basa en el “participo, pero no quiero saber nada de reglas”, “participo, pero no me interesa saber a quién le debo las gracias por poder participar”, “participo, pero tanto me daría si no puedo hacerlo”, lo que equivale a decir que tanto les da ser esclavos que amos y que, su única meta, es la de sobrevivir (individualmente) con los máximos privilegios -digo participar, porque todos participamos de la cosa pública; queramos o no queramos y seamos, o no, conscientes-. No quieren más dolores de cabeza, ni más complicaciones, sólo quieren que los políticos les dejen en paz y poder así vivir tranquilamente. Me temo que, tal como están los tiempos, eso no es posible y, también, por tanto, que su opción no es la mejor manera de contribuir a la causa colectiva.

Me podrán decir entonces lo que tanto les gusta: “Que ya están cansados, que los políticos son todos iguales y que, después de mucho tiempo de reflexión (si es que la llegan a hacer algún día) no quieren formar parte de ese circo donde, además, no hay programas unívocos que aglutinen sus exquisitas sensibilidades políticas. ¡Como si eso fuera posible! ¡No está nuestra ideología para sibaritismos! Cuando se trata de implicarse con la ideología de izquierdas todos se convierten en grandes gourmets de la política, parece que todo sirve, cualquier excusa es válida para no hacerlo y, mientras esto sucede, son otros los que se adueñan del destino de todo un país porque simbolizan el éxito al que toda vida fracasada aspira. ¿Y cuál es éste? El que desde tiempos inmemoriales ha regido la vida del hombre: el sueño por una vida materialmente mejor. “Ellos sí que van a conducirnos a la vida soñada, o al menos mejorarán la presente”, se dirán. Crearán espejismos con los que poder seducir a las almas torturadas que vagan desesperadas por sus páramos yermos. Acabarán votando lo que menos les conviene, y ejercerán su derecho (¡que tantas vidas costó!) para ir en contra de sus propios derechos. ¡Qué vil paradoja! Creo que no me equivoco si afirmo que esto supone un auténtico despropósito.

Afortunadamente, todo lo que peroro tan sólo son presunciones con las que intento explicarme el abandono que sufre la Izquierda en su lucha por recuperar y ampliar las conquistas logradas mucho tiempo antes por generaciones de hombres (y mujeres) valientes y generosas. El hecho de que casi todo hoy se decida en las urnas a golpe de emociones no es un buen síntoma de la deriva humana. Parece que todos estemos encerrados en una burbuja sentimental de la que no es posible salir a no ser que se nos ofrezca un botín suculento, o la ingenua promesa de que el mundo va a ser feliz, como de niños la mayoría nos imaginábamos que era. Quizás, y más probablemente, ello nunca sea posible porque otros se han preocupado, y mucho, de que ya no necesitemos nada por lo que valga la pena luchar y comprometerse. Sin embargo la gente se olvida de algo importante, que seguimos siendo nosotros quienes decidimos el qué y el cómo de nuestro futuro.


* Lo que yo denomino sentimiento superficial se diferenciaría del íntimo en tanto que el primero se acomoda en el ámbito de lo sensible, de lo aparente y, generalmente, las emociones que lo sustentan son pasajeras o temporales; mientras que el sentimiento más íntimo, o profundo, es aquél que se desprende de nuestras cualidades humanas y que se sustenta en emociones que permanecen arraigadas.

11 oct. 2010

El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte





Hace unos años recuerdo como con gran insistencia algunos profesores del Departamento de Filosofía del Derecho nos recomendaban una y otra vez que leyéramos El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte. Yo como buen alumno siempre receptivo a las recomendaciones de aquellos profesores que merecían mi confianza no tardé en irlo a comprar y, al poco tiempo, ya lo tenía en casa. Desde aquél entonces han pasado muchos años y muchas cosas. En una ocasión hice un amago de leerlo pero me pareció excesivamente estadístico, vamos, que me costó mucho de deglutir. Así que abandoné mi buenos propósito pocos minutos después de empezarlo.

El caso es que hasta este verano no he afrontado el trabajoso reto que supone emprender su lectura nuevamente. De hecho, me he sentido como una especie de Indiana Jones en busca del enigma, del misterio o la luz que se esconde entre sus páginas. Finalmente he encontrado el fabuloso tesoro al que tantas veces había hecho referencia nuestro profesor. Las palabras de Karl Marx no pueden ser más claras y reveladoras, tampoco pueden ser, y lamentablemente, más actuales. He pensado, quizás ingenuamente, que la mejor manera de celebrar este hallazgo seria compartirlo con mis lectores. Así que aquí van sus palabras:

"La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una edición republicanizada de la Carta Constitucional de 1830. (...) La antigua organización administrativa, municipal, judicial, militar, etc., se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al nombre, no a la cosa.

(...) La Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron promulgada más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente a los otros estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la seguridad pública, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal, se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente."

Dicho esto, ¿para qué sirve hoy en día una Constitución? No cabe duda que Marx fue un gran visionario que ayuda, y mucho, a comprender los atropellos legales que nos hemos acostumbrado a sufrir con demasiada frecuencia. Así que frente a esto no puedo más que decir que quien quiera entender que entienda.

Ayer comentaba con unos compañeros de Lérida que una de las grandes conquistas del actual sistema económico capitalista no es haber conseguido instaurar la precariedad laboral en el mercado de trabajo, sino, y lo que es mucho más grave, lograr que los sentimientos que ésta provoca sean relegados al espacio íntimo e individual de los trabajadores y trabajadoras. Lo cual significa algo muy desesperanzador; que frente a todas las adversidades venideras no es factible pensar que puedan sumarse fuerzas para hacer frente a los poderes cada vez más opresivos que intentan reducirnos a meras expresiones, o transacciones, económicas.

La lucha sigue más viva que nunca y nos es bueno que hoy, ni  jamás, nos durmamos. Ahora defender nuestra dignidad se ha convertido en la tarea más ardua y difícil que podamos afrontar. Quizás tengamos que remover todos aquellos obstáculos -a los que hace referencia el artículo 9.2 de la Constitución Española- con el fin de que se hagan efectivas y reales las condiciones de libertad e igualdad que nos corresponden a todos los individuos y grupos. La tarea, no obstante, no va ser fácil.




29 sept. 2010

Motivos para haber ido a la Huelga General





Después de ver el seguimiento que ha tenido esta huelga en los medios informativos y después de escuchar algunos de los comentarios que desde allí se han proferido, se me han empezado a formar, como cúmulos dispersos que se juntan para una gran tormenta, estos pensamientos que tan sólo pretenden exponer los motivos por los que considero que, todos y todas, tendríamos que haber ido hoy a la Huelga.

Un taxista que está siendo increpado por un piquete de huelga les responde diciendo ¡Yo también estoy en contra de este gobierno!. El trabajador de una fábrica que acude a su puesto de trabajo le grita a un piquetero antes de entrar Hace dos años los sindicatos me echaron del trabajo, lo entiendes? No me vengáis ahora con... Otro, un ciudadano que se dirige en coche, supongamos que a trabajar, dice ante las cámaras Esto lo tendríais que haber hecho hace tres años y no ahora. Una señora entrando a su lugar de trabajo suelta con desparpajo Si no me lo descontaran, es muy posible que hoy no hubiera venido.

Todo este tipo de comentarios son una buena muestra de las miserias, y no precisamente materiales, que carcomen los sentimientos y buen entendimiento de mucha gente en nuestro país. Otros tantos y tantas se esconden como comadrejas en sus madrigueras, sin decir nada, esperando a que amaine la tormenta. Con la llegada del sol saldrán nuevamente para celebrar la normalidad y el absurdo de sus vidas. Muchos, la gran mayoría, celebrarán su estupidez sin apenas darse cuenta y después se quejarán, como niños castigados sin poder tocar un caramelo, de lo mal que lo está haciendo el actual Gobierno.

Parece ser que ante la constatación de lo evidente, ante la confirmación que definitivamente el pueblo trabajador va a ser aplastado por la mano invisible del Gran Capital, muchas personas no quieren asumir que TOCA HACER ALGO. Lo que les cuesta precisamente es ese HACER: ese sacrificar su tiempo en beneficio de alguien que no sea él, o los suyos; ese ser honesto admitiendo que los responsables de todo lo que está pasando son personas muy concretas; ese comprometerse con una lucha colectiva que no tiene más interés que la defensa de los derechos de la gran mayoría, ese cambiar algo (de nosotros) para que todo cambie (para nosotros).

Hay que atender muy seriamente a la mezquindad del hombre como enfermedad que avanza sin control, que se propaga y contagia a medio mundo sin que nadie se atreva a hacer nada para evitarlo -bueno, casi nadie-. Ese ser mezquino es el peor mal que nos aguarda; unos por vanidad, otros por vergüenza, otros por interés, otros por orgullo, otros por egoísmo y muchos, muchos por ignorancia, se dejan llevar, como la hoja que cae empujada por el viento, por el discurso insondable de sus emociones.

Los motivos para haber ido a esta huelga no tienen, en apariencia, nada que ver con las emociones pero, paradójicamente, sí que pueden procurarle muchos beneficios. Las personas se olvidan de algo sustancial: que cuando hacemos cosas que no responden a un interés individual, inmediato y concreto obtenemos un tipo de gratificación que nos hará sentir mejor que el día anterior, lo que significa algo muy importante: que ésta siempre es acumulativa. A ese tipo de gratificación se la suele denominar moral. Si alguien es incapaz de sentirla o pretende negar que tal gratificación exista, créanme, hoy tenía más motivos que nunca para ir a la Huelga.

16 sept. 2010

El desorden de los estúpidos



Foto: "Incivism: A Rebel Yell" de Carlos Lorenzo


Hoy, leyendo un artículo sobre la cuestión del civismo, del entrañable camarada Manuel Delgado, he vuelto a agitarme con gran vehemencia. Es un artículo brillante que hace las delicias de cualquier persona interesada en cuestiones callejeras. Digo callejeras con toda la intención, ya que con mucha seguridad nadie interesado en cuestiones de orden público puede encontrar allí algo con lo que identificarse o, senzillamente, sintonizar. Yo soy una rara mezcla de persona interesada en ambas cosas; me interesa la calle y me interesa un cierto orden público, ¿acaso eso es imposible? Como el citado artículo me parece irrefutable me limitaré a introducir un matiz sobre lo que en él se dice.

En lo fundamental, estoy muy de acuerdo con M. Delgado pero, cuando él habla de incivismo, yo añadiría algo más. Añadiría esa parte de lo incívico que constituye un grueso importante de lo que comopone su definición. Esa parte de lo incívico a la que aludo yo quería llamarla capullismo, pero la Real Académia no me lo permite, así que tendré que llamarla estupidismo, de significado más reconocible. El estupidismo, como yo le llamo, lo definiré (y parafraseando a M. D.) como el conjunto de realidades sociales que conforman los actos propios de un estúpido, tomados en su individualidad o en su conjunto. Añadiré que, lo que yo defino como un estúpido, tiene los bienes materiales suficientes como para que no pueda llegar a ser considerado como un desclasado, de las cuestiones sentimentales que hacen que alguien pueda sentirse como tal se hablará más adelante. Yo, por ejemplo, sin llegar a gozar nunca de los bienes materiales que me hubiera gustado, pero sin que nunca me hayan faltado los suficientes, me he sentido más de una vez desclasado, lo cual no me convierte en un paria.

El estúpido es entonces alguien muy familiar para los que nos dedicamos a escribir y nos nutrimos de la observación, ya sea ésta participante o no. Es alguien cercano en muchas más cosas de las que se diferencia de nosotros. Su edad es algo que resulta del todo indiferente, puediera ser una persona joven, como también podría ser alguien maduro o viejo, ¡tanto da para el estúpido! Llegados a este punto, es cuando empiezo a imaginar situaciones con las que poder ilustrar los actos propios de un estúpido, se me ocurren muchas y para casi todas las edades. Una de mis preferidas es la que describe la trayectoria estúpida de un ciclista superantinormativo que circula saltandóse todos los semáforos y que, llegando a una calle peatonal, estrecha y poblada de gente, decide proseguir alegremente con su trayectoria, de lo más estúpida, confraternizando así con sus conciudadanos y recibiendo de ellos algún que otro dicterio cariñoso. Este ejemplo ilustra muy bien ése estupidismo que se esconde en muchos de los actos incívicos. Otro que le va a la zaga, es el de las personas que sin ninguna coartada se dedican a amargar las noches de muchas otras personas que precisamente no gozan de las condiciones de vida que ellos tienen, y que tampoco pueden o tampoco quieren, ¡en su derecho están!. En esta variante, podemos encontrar todo tipo de ejemplos; desde los percusionistas perennes que contaminan muchas madrugadas, hasta los que no pueden contener sus extremidades o el tono de voz, también a altas horas y, casi siempre, sospechosamente embriagados.

Así pues, para explicar el estupidismo al que me refiero con tanta insistencia sólo podemos hacerlo desde un plano emocional. Siempre he dicho que España es un país tocado por el sol, ¡y Barcelona no lo iba a ser menos! Pues bien, llegamos así a la conclusión de que los actos del estúpido tienen un fundamento emocional que no ha podido, o no ha querido ser regulado, por el sujeto. Siguiendo esta premisa, deduzco que la persona que no puede, o no quiere regular sus emociones tiene un problema, desde el momento en que perjudica a otros por dicho motivo. Entonces tenemos, por fin, que la mayoría de estúpidos a los que yo me refiero tienen un problema que no viene impuesto por ningún orden público ni normas, explícitas o abstractas, que lo constriñan.

El problema fundamental, es que la estupidez siempre tiende a ser mayor cuando se le da una coartada ideológica. Si todo fuera simple incivismo, si todo fueran colillas desposeídas de sus preciados nichos, si todo fueran caquitas o zurullos desperdigados por doquier en ramblas y avenidas, si todo fueran esas simples cosas materiales, o acaso estéticas, quién debatiría o clamaría al cielo por el maldito civismo. Quien eso hiciera bien merecería como castigo un curso avanzado de sociología marxista para erradicar esa gran ignorancia de su cabeza. El estupidismo, como yo lo entiendo, es la peor forma de incivismo porque siempre es ilimitado. De hecho, constituye su parte esencial y es la que se comete más a menudo en la mayor parte de espacios urbanos de, pongamos, Barcelona.

Contravenir las normas es algo excitante y revelador para muchos, especialmente para los estúpidos como fácilmente se puede entender. Yo, como no quiero coartadas ideológicas ni tengo condiciones materiales que justifiquen mi ira contra el orden público me he limitado siempre a ser un imbécil obediente, que ha querido participar de una utopía compartida con el resto de imbéciles que no tienen tanta facilidad para ejercer su libertad sin cortapisas. El desorden, cierto incivismo, es inherente a los grandes espacios urbanos de convivencia; el estupidismo, por el contrario, es algo fácilmente evitable y tan sólo depende de la voluntad de algunos, estén embriagados o no.

1 sept. 2010

Poetas




Los poetas, qué somos los poetas sino sensibilidades atravesadas por la vida!



30 ago. 2010

El burka, forma y contenido de una prohibición




El verano casi ya se nos escurre entre los dedos cuando leo otro interesante artículo sobre el tema del burka en el diario El Público. Los autores son dos viejos amigos y buenos preceptores de ese antro de gente biempensante llamado Facultad de Derecho. Para más señas, la Facultad de Derecho de Barcelona. La cuestión es que hace un tiempo di a conocer mi opinión en este lugar acerca de tan delicado tema. Hoy, impelido por la necesidad de matizar mis palabras me dispongo a escribir algo más en relación a la problemática del burka en Catalunya.

Dado que mis conocimientos son limitados, tanto en cuestiones estrictamente jurídicas como en aquellas más antropológicas, me limitaré a disertar a partir de aquello que más seguro estoy de poseer: una mezcla de sentido común y conocimiento fragmentario (lo cual no dice mucho de mi, ya lo sé).

Después interesarme profusamente por dicha problemática; es decir, después de leer diversos artículos, de escuchar muchas opiniones y después, también, de ser recriminado por algunas personas exaltadas, voy a acabar de exponer lo que en su día empecé.

Voy a centrarme casi por entero en lo que considero que es el verdadero quid de la cuestión, esto es, en el estéril debate entre la forma y el contenido. Indudablemente la forma con que ha sido abordada la problemática suscitada por dicha prenda de vestir (ya sea burka o niqab) no ha sido muy acertada y sí,  muy presumiblemente, que se ha hecho de forma tendenciosa o electoralista. No obstante, no tenía conocimiento de que esta iniciativa fuera promovida por partidos de extrema derecha. En el caso de Lleida (lugar desde donde se propagó todo el fuego mediático y donde tengo mi vecindad), sí que puedo afirmar que fue promovida por CiU y secundada por el PSC, en ningún caso por partidos de extrema derecha, a no ser que éstos últimos sean considerados como tales.

La alusión metafórica a los velos invisibles la he escuchado más de una vez y debo confesar que no me resulta nada convincente. ¿Para qué mezclar la libertades de tipo personal (cada uno puede elegir la manera, que no la forma, en que quiere vivir su vida; igual la monja que el monje, como la misionera o el eremita) con las que se ejercen públicamente (no podemos elegir siempre la forma con que queremos mostrarnos en sociedad, así los ya citados ejemplos de quien viste con pasamontañas o quien va con el casco puesto a todos lados)?

Me hace gracia que se siga señalando a las pobres monjas que precisamente lo son porque renuncian a la vida pública. No hace falta decir aquí que quien renuncia a la vida pública no tiene que rendir cuentas a nadie y debe respetarse su opción, pese a quien pese. Me preocupa más que se aluda frívolamente a una triste enfermedad de nuestro tiempo como sin duda lo es la anorexia (o la bulimia) para llamar la atención sobre esos supuestos velos invisibles. Siguiendo por aquí también podríamos decir que las mujeres adictas al consumo o al juego (que no son pocas) sufren las consecuencias del velo invisible que impone la economía capitalista. Creo no equivocarme si afirmo que no estamos hablando de una patología cuando hablamos del uso del burka.

En cualquier caso, me parece algo fatigante que tan a menudo, y por cosas de corto alcance, se aprovechen algunos para enarbolar con enérgica furia el panfleto de la Izquierda-anti con visos de feminismo radical y aspiraciones revolucionarias, en un contexto para nada abonado a la revolución. 

La cuestión sigue siendo la misma, aunque lamentablemente sea de provecho para algunos partidos de derecha: que la forma está equivocada (no hace falta prohibir exclusivamente un tipo de prenda) pero no así el contenido (nadie puede practicar la invisibilidad social en determinados espacios). Y no hace falta encomendarse a la cuestión del orden o la seguridad, también podríamos argüir que se nos priva de contemplar la belleza de la mujer (sin duda un acto hermoso), que se nos priva de poder compartir una sonrisa o, quizás, una mirada furtiva que nos permita fantasear con ese amor intercultural imposible.

Yo desde luego no voy a defender el uso del burka en determinados espacios,  aunque fuera de los lugares señalados creo que debe respetarse su uso, y no por una cuestión de dignidad, ni de seguridad, sencillamente porque me parecería una concesión al fanatismo inexplicable en pos de una supuesta libertad que se convierte en oxímoron cuando se coloca detrás de ese velo tan tupido que no nos deja ver pero sí ser vistos.

Admitamos, al fin, que el contenido subyacente referente a la prohibición atípica del niqab o el burka en determinados espacios (aunque mal formulada) es válido para configurar lo que ya denominé anteriormente como canon de occidentalidad. Hoy diré, de mínima occidentalidad.

O admitamos, quizás, algo más sencillo, que la identidad de las personas,  a veces,  no se puede tapar.

7 ago. 2010

Canto para Briseida




Briseida,
no te conozco todavía
pero pienso en ti, en cómo serás;
adivino en tus ojos
el fulgor de una belleza repentina.
No serás nunca diosa ni princesa,
en la tierra todo son mentiras.
Hoy tu madre está ausente,
aún no conozco el tacto de su piel
ni reconocer puedo el aliento de su voz.
Su rostro tampoco puedo dibujarlo
aunque en sueños a veces lo imagino,
en él puedo verte,
o eso quisiera!
Sé que serás, al menos,
lo más querido por mi corazón
hoy afligido y expectante;
serás, como el pasto verde y fresco,
su mejor y más tierno alimento.
Oh, Briseida,
eres como un canto de sirenas
en esta odisea que es la vida terrenal,
abrupta como colinas escarpadas
y sobretodo incierta como el hado inescrutable.
Recordaré este momento,
como un momento pretérito y fecundo,
porque mañana, quién sabe cuándo,
te meceré en mis brazos
embelesado de amor.
Serás,
oh, mi querida Briseida,
fértil en futuros bienaventurados
y diestra en la danza
que sólo enseña la felicidad.
Ama, ama por encima de todas las cosas,
ése, ése es mi único consejo!
Sólo el amor puede conducirte
por la senda de la vida verdadera.
Pero, por ahora, tengo que dejarte,
dejar este sueño tengo porque,
como ya sabes,
esto tan sólo es sueño;
un ensueño de ti,
Briseida,
la niña más bella que imaginar puedo
y la vida , la vida que tanto anhelo!



3 ago. 2010

De lo simbólico y de lo real


 


Hoy me he reunido con los compañeros de partido en el local que tenemos en Lleida, donde, por cierto, se vive muy bien. Hemos puesto las cosas al día y hemos charlado sobre algunos temas controvertidos que estos últimos meses han suscitado enconados debates y peores dicterios entre ciertas personas de la izquierda catalana. Mientras exponía mis argumentos sobre la cuestión de la prohibición del uso del burka en determinados espacios de nuestra ciudad he recordado lo que dos noches antes había expuesto, un poco más acaloradamente, a mis amigas en el transcurso de una cena a la que previamente las había invitado. 

El tema no es otro que el desequilibrio existente entre lo que uno dice (manifiesta, exclama, defiende) públicamente y lo que uno hace para defender o sostener lo que antes ha dicho. Es un tema clásico que no por clásico deja de ser menos actual y preocupante para la causa que muchos defendemos. A lo primero, yo llamo aquí lo simbólico y a lo segundo lo real. Pues bien, desde hoy quiero dejar constancia de mi radical desprecio por todo lo simbólico.

Pero dado que se me podría objetar que a lo que yo llamo lo simbólico no le sigue ningún símbolo o emblema, quiero clarificar algo: el discurso (el del bar, el de la esquina o el de estar por casa), ése que todos elaboramos para la vida pública o privada, constituye para mí un símbolo más, un mera chapa, o pegatina caduca, cuando no se defiende con acciones en la realidad. Estas últimas vendrían a constituir lo que, por contraposición, yo llamo lo real.

Tenemos, pues, que hoy lo simbólico se tiende a confundir con lo real; esto sucede hasta tal punto que muchos hablan de lo simbólico como si fuera lo real, nos cuentan sus batallitas dialécticas, echan pestes de tal o cuál político con un furor desmedido y después se van a dormir como creyendo que han participado, o son partícipes, de la lucha de izquierdas. Qué gran mentira camaradas! La lucha de izquierdas requiere un gran esfuerzo, exige más que nunca de lo real, de lo tangible y mensurable.

La persistencia en defender más lo simbólico que lo real provoca, a mi juicio, algunas distorsiones en el modo que tenemos de percibir una realidad determinada de las cosas. El ejemplo más claro en este punto sería la escisión que, sin saberlo, muchos sujetos sufren respecto de la masa social; éstos creen o hablan de ella como de algo ajeno a su naturaleza, hablan de ella como si de un sujeto caprichoso se tratara y del que es imposible esperar reacción o cambio alguno. Cuánto daño provoca este vicio tan común! Dejémoslo claro, todos somos la gran masa.

De nada sirve para nuestra causa, defender sólo con palabras lo que también puede ser defendido con la acción. En el fondo, creo que el discurso (lo simbólico) es la mejor manera para muchos de sentirse, desde la individualidad, partícipes de un causa común, coherente con aquellos principios y valores que más íntimamente se defienden. Pero ahí está la trampa, quien no transgrede lo simbólico para dar un paso en lo real transita siempre en una incierta periferia. Lamentablemente, es hoy nuestro tiempo época de periferias. Un  apunte más antes de acabar, dos palabras hay que definen bien a lo real: militancia y compromiso.


29 may. 2010

Lleida: llibertats trampa i cànons d'occidentalitat




 

Ahir Lleida es va convertir en la primera ciutat espanyola on es prohibeix l'ús del burka o vel integral en totes les dependències i equipaments públics municipals. Això està bé o malament? Aquesta segurament és la primera pregunta que hom es fa, després en venen d'altres que giren al voltant de les conseqüències que aquesta prohibició pot tenir o dels motius que l'han impulsat. També ens podem preguntar si és una mesura progressista o bé, pel contrari, és de caire conservador. 

Molt probablement, tot allò que suposi una prohibició mai es podrà considerar com quelcom progressita, més encara quan es tracta de prohibir la manera com algunes persones deicideixen vestir-se. Si a més a més, aquesta lliure manera de vestir-se té a veure amb una religió no majoritària i, encara més, si aquesta, inevitablement, està relacionada amb la població immigrada i, més concretament, amb les dones que formen part d'aquesta col·lectiu, doncs, no cal dir que ens trobarem amb un bon enrenou político-mediàtic.

Allò, però, que més ens hauria de preocupar, al meu entendre, és si una mesura com aquesta era necessària. És necessari fer una regulació que afecta a 6 persones (les dones que es calcula que utilitzen el vel integral a la ciutat de Lleida)? Sent molt prudents podríem dir que és una exageració i per tant, que seria una mesura injustificada. Així, a Barcelona trobem un bon paral·lelisme per reflexionar sobre la idoneïtat o no d'impulsar mesures com aquesta.

Efectivament, fa uns dies vèiem a la televisió com dues persones es passejaven completament nues pels carrers de Barcelona, potser n'hi ha un parell o quatre que ho fan habitualment. No cal dir que aquesta opció genera moltes més controvèrsies i queixes que no pas l'ús del burka. Doncs bé, és necessari regular sobre la llibertat d'anar despullat pels carrers de Barcelona? Paradoxalment de ben segur que molta més gent diria que sí (de fet, encara ho intenten), que s'ha de fer perquè atempta contra el pudor públic, les bones costums o ves a saber què.

Tanmateix, no existeix cap perill objectivament atribuïble a aquesta manera de no-vestir-se. Molt més inquietant em resulta el vel integral o burka, i no tant per una qüestió religiosa (jo ni tan sols estic batejat i em declaro ateu pels quatre costats) sinó perquè suposa la reivindicació d'una llibertat trampa (aquella que sota l'ampara d'una llibertat s'exerceix en contra de la pròpia definició de llibertat).

Ho penso i em pregunto: i si el burka el portéssin els homes? No se'ls deixaria argumentant que seria molt perillós per a la seguretat pública (no vull ni imaginar-m'ho) i assumpte resolt, no hi hauria discussió. Peró és clar, el porten les dones i com elles són diferents... En què quedem? Som o no som iguals? Si fos per mi, i suposo que per la major part de l'esquerra alternativa del nostre país, mai s'hagués tirat endavant una prohibició com aquesta principalment perquè no era necessària.

Però ara, parlant amb un company, ho he vist d'una altra manera, he vist aquesta prohibició com la imposició d'un petit cànon d'occidentalitat; aquest consistiria en la prohibició de tapar-se la cara en determinats espais públics independentment del motiu pel que es fes. Estem d'acord amb aquest petit cànon d'occidentalitat? Jo sí, tot i que no sóc massa amic dels cànons, però no perquè em molesti el burka, ni els musulmans, ni molt menys els immigrants (moltes coses n'aprenc d'ells cada dia), sinó perquè estic convençut que mai els extremismes han estat (ni seran) bons per a una convivència enriquidora.


21 feb. 2010

Shadows, cine con causa





Shadows es la segunda película que veo de John Cassavetes, y al igual que pasara con la primera, A Woman under the Influence, ha sido un impacto revitalizante o, dicho de otro modo, a supuesto un hecho artístico trascendente en mí.

La historia de como llegué a conocer la obra de este director es, sin duda, mucho menos interesante que lo que se puede contar de sus películas. Ayer vi la primera de su filmografía: Shadows, un film improvisado realizado en 1959 que toma como escenario las bulliciosas calles de Manhattan. El chute de vitalidad que supone esta película es un placer que recomiendo a cualquier persona aficionada al "cine sin palomitas".

La película es lo más parecido a una pieza de jazz-cinematográfica, es el mismo concepto de improvisación aplicado al séptimo arte. No es casualidad que toda la película esté acompañada por una magnífica banda sonora compuesta de buenas dosis de Charles Mingus, sólos de trompeta, saxos y mucha electricidad.

Sin duda Shadows es cine eléctrico, sin filtros ni resistencias, que llega en estado puro y así lo sentimos; como una descarga brutal. Hace un tiempo que vengo explicando a mis amig@s, conocid@s y familiares, mi manera de entender el "cine excelso". Es muy sencillo, para que éste se dé, deben conjugarse bien cinco aspectos fundamentales que a mi juicio son:

- buena fotografía
- buen guión
- buenas interpretaciones
- buena banda sonora
- tema universal: amor, muerte, soledad, etc...

Cuando los cinco se dan en una misma película... ya saben, para mí eso es el "cine excelso". En Shadows confluyen todos con el añadido de que ha sido filmada con una cierta improvisación (supongo que por definición siempre debemos desconfiar de la improvisación en el cine). En ella se abordan grandes temas como la soledad, el fracaso o la discriminación racial en la sociedad norteamericana de finales de los 50. Lo que se aborda fundamentalmente son las tribulaciones propias de la existencia cuando uno no sabe a dónde se dirige, con quién va y por qué lo hace.

Las interpretaciones son memorables, la mayor parte del reparto son actores amateurs; impresionante Lelia Goldoni, que borda los efluvios de la esencia femenina. Me quedo sorprendido y maravillado con el cine sencillo, directo y callejero de este gran director casi desconocido para mi hace muy poco. Sus películas, además, tienen un cierto valor antropólogico en tanto que muestran sin distorsiones ni refinamientos la manera de ser de esa desconocida clase media baja o lumpemproletariado yanqui.

Entiendo ahora que John Cassavetes sea considerado com el padre del cine independiente norteamericano. Su cine se convierte en una causa; la promoción y defensa de la cotidianeidad y sus entrañas, sin pompa ni glamour. Como todas las buenas causas, merece mis aplausos.

15 feb. 2010

Cazadores cazados





Hace ya algunos años escribí un pequeño ensayo (diríamos que de carácter doméstico) en el que hablaba de un cierto tipo de mujer que distaba mucho de ser el paradigma de mujer emancipada. En aquel entonces mi situación personal tampoco era paradigma de nada, más bien era un compendio de las tribulaciones propias de un joven compungido por su tiempo y circunstancias. El caso es que quería hablar de ese cierto tipo de mujer que tantas cosas me ha dado que pensar, tan buenas y tan malas las más de las veces.

La sexualidad (y sus manifestaciones instintivas) nos atraviesan a hombres y mujeres por igual en cada rincón de este planeta. No obstante, nuestro particular desarrollo anatómico ha acarreado históricamente también diferentes maneras de comportarnos sexualmente en función de si somos hombres o mujeres. El resultado de ello, a mi entender, es que la mayoría de hombres tendemos a reprimir menos nuestro deseo sexual que la mayor parte de mujeres (para entendernos, el falo es un gran programador de pensamientos cuyo único lenguaje es el sexo entendido en tanto que posibilidad de, practicarlo ya es mucho más difícil).

Este es un hecho comprensible dado la calidad de objeto que se le otorga a la mujer como consecuencia indeseable e indeseada de ese particular hecho biológico que es el desarrollo anatómico tan diferenciado, por otro lado, al que antes me he referido. Dicho esto me detengo en ese cierto tipo de mujer que sin duda he llegado a detestar, y detesto, a pesar de apreciar con gusto su sofisticación y belleza así como su gran sentido común. Ese cierto tipo de mujer (que ustedes podrán imaginar) equivale para mí al hastío y la desgana. Han sido víctimas imaginarias o reales de la Gran catequesis crónica productora de moral en Occidente y, sin duda, son grandes devotas de la fe materialista.

Así es que su sexualidad se ha convertido en una suerte de reducto donde el contacto carnal sólo puede ser la celebración por la conquista de una presa económicamente saludable. -Digo presa, no por confusión, si no por el convencimiento que tengo de que el hombre siempre es un cazador cazado o una presa, sin más, que acaba entre las dulces garras de alguna mujer-. Así como el recién nacido necesita de 24 horas (y tener figura humana) para adquirir jurídicamente la condición de persona, el hombre, en mi caso yo, necesitará de otras tantas para ser considerado pretendiente (es decir, apto para la práctica sexual) por ese cierto tipo de mujer al que con insistencia me refiero.

Yo entiendo el acto sexual como la culminación de una manifestación instintiva de nuestra sexualidad, seamos hombres o mujeres. Doy por hecho que esa manifestación instintiva de nuestra sexualidad se produce muy a menudo entre hombres y mujeres. También doy por hecho que cuando eso sucede, y existe reciprocidad, nada tendría que impedir que esa manifestación culminara en una relación más íntima. La transcripción interesada de la realidad-instintiva con el que ese cierto tipo de mujeres opera hace que una tarea aparentemente sencilla, como lo es el amor-sin-prolongaciones, se convierta en algo pesado y a menudo vergonzoso.

Hace un tiempo, tuve la suerte de conocer, de intimar con algunas chicas de Alemania y Suecia, ellas me ensañaron con la práctica cómo de sencillas y espontáneas pueden llegar a ser las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Qué duda cabe, que eso es para mí lo más saludable: pensar que no todas las mujeres son iguales y saber que siempre vas a poder encontrar a alguien con quien compartir tu sexualidad sin cortapisas ni elucubraciones.

31 ene. 2010

El sacrificio de los héroes





¿Porqué la de bombero es la profesión mejor valorada por la ciudadanía de nuestro país? Así rápido, se me ocurren dos motivos por los que esta opinión tan extendida en nuestro sentir quedaría justificada de una forma sencilla. El primer motivo, y el más obvio quizás, es la peligrosidad inherente que conlleva el ejercicio de esta profesión: ser bombero es una suerte de sacrificio, el sacrificio del héroe, lo denominaría yo. Pero hasta el día de hoy nadie está obligado a ser bombero (a diferencia de muchos otros héroes anónimos que lejos de quererlo son obligados por "imperativo patriótico" a luchar -y morir- en guerras absurdas).

Es más, conozco a más de una persona que es, ha sido o quiere ser bombero por una fuerte convicción difícil de explicar racionalmente (más allá de motivos económicos). A priori, nadie debería querer dedicar la vida a sacrificar su vida. Esta premisa tan elemental es común en todos los seres humanos y en el resto de animales, me refiero a nuestro sesudo instinto de conservación. El segundo motivo, más descriptivo y fácil de entender, es el carácter altamente inflamable de nuestra geografía.

Dado que viví los acontecimientos de cerca (vivo en Lleida y conocí fugazmente a la pareja de uno de los bomberos que murieron el pasado verano en el incendio de Horta de Sant Joan) he seguido con mucho interés el desarrollo mediático que los ha sucedido; tanto el político como el informativo. Nunca me ha parecido tan ruin una causa como la que desde hace unos días es portada de diarios, comidilla de tertulias y hasta se ha convertido en comisión de investigación parlamentaria. Lamento ser rudo en mis palabras, pero yo defiendo otro causa que acaso avala lo que digo, y su cómo. La causa que defiendo es el sentido común (aquél que algunos dicen que es el menos común de los sentidos) o la sensatez si se prefiere.

La muerte ya sabemos que es algo indeseable para la gran mayoría de mortales, en eso no hay debate. Lo sucedido nos entristeció a muchos y, a unos pocos, les marcó la vida para siempre. Ahora bien, y después de todo lo que se ha escrito, oído y dicho al respecto (informes, declaraciones, sumarios) ¿es posible que se quiera seguir porfiando en la negación de lo obvio?

Lo obvio es que desde que se han detenido a los responsables del incendio todo el interés mediático-político-sentimental se ha girado, como viento traicionero, contra la gestión política del suceso en vez de hacerlo contra las dos mentes enfermas que causaron ese fuego tan inmisericorde. Mucho me temo que dos personas de carne y huesos son poca cosa comparada con el jugoso rédito político que se puede conseguir sin mencionar las indemnizaciones económicas que podrían estar en juego.

No me parece un dato baladí, que siempre y por todo se ponga en cuestión la gestión política que hacen los representantes de la izquierda en el "Govern" (especialmente la del conseller Joan Saura). Pareciera que la Izquierda genera una suerte de desconfianza permanente lista para ser aprovechada por las aves de rapiña. Lamentablemente, como nuestro imaginario nos recuerda, después de la muerte siempre aparecen en escatológico ritual todo tipo de animales carroñeros que aguardan con paciencia "su momento" alrededor de los cadáveres. El hedor putrefacto de ciertos intereses partidistas empieza a ser insoportable.

El héroe siempre depende de la tragedia, pero no sucede así a la inversa. El hecho trágico a veces se impone sin más, cuando esto sucede los héroes se quedan en la sombra y se dice que mueren los hombres trágicamente. Morir en el “simple” ejercicio de una profesión también puede (y debe) ser algo heroico.




11 ene. 2010

Reflexiones: Theodor W. Adorno







Frutillas.- Es una cortesía de Proust ahorrarle al lector la confusión de creerse más inteligente que el autor.

En el siglo XIX los alemanes pintaron sus sueños, y en todos los casos les salieron hortalizas. A los franceses les bastó con pintar hortalizas, y el resultado fue un sueño.

En los países anglosajones las meretrices tienen el aspecto de proporcionar, junto con la ocasión del pecado, los castigos del infierno.

Belleza del paisaje americano: en el más pequeño de sus segmentos está inscrita, como expresión suya, la inmensa magnitud de todo el país.

En la memoria del exilio, el ciervo asado alemán sabe como si hubiese sido matado por un cazador furtivo.

En el psicoanálisis nada es tan verdadero como sus exageraciones.

Si uno es o no feliz, puede saberlo escuchando al vientre. Al desgraciado, él le recuerda la fragilidad de su casa y le arranca del sueño ligero tanto como del sueño vivaz. Y al dichoso le canta la canción de su bienestar: su impetuoso soplido le comunica que ya no tiene ningún poder sobre él.

El sordo rumor, siempre presente en nosotros, de nuestra experiencia onírica resuena en el despierto en los titulares de los periódicos.

El mítico "correo de Job" se renueva con la radio. Quien comunica algo tan importante con voz autoritaria, anuncia calamidades. En inglés solem significa solemne y amenazador. El poder de la sociedad detrás del locutor se dirige por sí solo contra el auditorio.

El pasado reciente se nos aparece siempre como si hubiese sido destruido por una catástrofe.

La expresión de lo histórico en las cosas no es más que el tormento pasado.
En Hegel, la autoconciencia era la verdad de la certeza de sí mismo; en palabras de la Femnomenología: "el reino nativo de la verdad". Cuando esto dejó de resultarles comprensible, los burgueses erab autoconscientes por lo menos de su orgullo de tener un patrimonio. Hoy self-conscious significa tan sólo la reflexión del yo como perplejidad, como percatación de la propia impotencia: saber que no se es nada.

En muchos hombres es una falta de vergüenza decir yo.

La paja en tu ojo es la mejor lente de aumento.

Aun el hombre más infeliz es capaz de conocer las debilidades del más sobresaliente, y el más estúpido de los errores del más inteligente.

Primer y único principio de la ética sexual: el acusador nunca tiene la razón.

El todo es lo no verdadero.

(Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada, 30, págs.46-48, Theodor W. Adorno, Taurus, Madrid, 1998)


6 ene. 2010

Fragmentos: Ruwen Ogien









Según algunos historiadores y un antropólogo, más o menos influidos por Michel Focault, la pornografía es una "invención moderna", es decir, es una especie de hecho social inédito, aparecido en las sociedades occidentales a partir del siglo XVIII, y que nunca antes había existido en otra sociedad.

A primera vista es una teoría poco plausible. No hace falta ser una historiador profesional para saber que en todo tipo de sociedades "no modernas" (desdes los grupos de cazadores-recolectores de la prehistoria hasta las sociedades de la India medieval, pasando por la Roma y la Grecia antiguas) ha habido representaciones públicas,directas, explícitas de cuerpos desnudos, órganos sexuales, y de actividades sexuales de lo más variado (homosexuales, heterosexuales, de bestialismo, anales, genitales, bucogenitales, etc,..) en forma de graffiti, frescos, dibujos, pinturas, estatuas, bajorrelieves, etc., representaciones que sería bastante difícil distinguir con nitidez de lo que en la actualidad llamamos "pornografía".

También saben que, aunque las palabras pornography o pornographie no entraron en los grandes diccionarios ingleses o franceses hasta el siglo XIX (algo que en ocasiones presentan como argumento a favor de la idea de la "invención moderna" de la pornografía), esas palabras provienen del griego antiguo y que el primer pornographos ("pornógrafo") conocido fue un filósofo griego, Ateneo (lo cual parece contradecir las tesis de la invención moderna al tiempo que nos brinda una idea interesante sobre el papel que los filósofos podrían desempeñar en este ámbito).

(...) Otra versión un poco más plausible, de la tesis de la "invención moderna" de la pornografía mantiene que sólo a partir del siglo XIX , y únicamente en el mundo "occidental", la justificación pública del control y de la represión de la producción, difusión y consumo de representaciones sexuales explícitas habría dejado de expresarse en términos religiosos o políticos para empezar a formularse en términos morales. Sólo a partir de ese momento tales representaciones se habrían juzgado, "indecentes", "licenciosas", susceptibles de "depravar", de "corromper las costumbres", de despertar los "más bajos instintos humanos" (lascivia, lujuria y concupiscencia, etc.), de obstaculizar el completo desarrollo de los más jóvenes, etc. De hecho, la calificación de "obscenidad", bajo cuyo cargo comenzaron a administrarse todo tipo de sanciones en aquella época, engloba la totalidad de todos estos juicios morales valorativos.

(...) De modo que, en otros tiempos o en otras sociedades, las representaciones sexuales explícitas podían controlarse o prohibirse por el hecho de ser blasfematorias (justificación religiosa) o subversivas (justificación política). Sólo en nuestras sociedades modernas habrían empezado a serlo por resultar "obscenas" (justificación moral).

Para aportar una imagen más precisa de la idea de "invención moderna de la pornografía", basada en la justificación exclusivamente moral de su represión, conviene añadir que aquélla insiste en el nexo entre represión moral y democratización.

En efecto, según esta versión, el consumo de textos o de imágenes de actividades sexuales explícitas no se sometió a represión moral hasta bastante tarde, a partir de mediados del sigloXIX . Mientras la circulación de estos textos no excedió los límites de un pequeño círculo de personas ricas y cultivadas no planteó, según parece, ningún problema de los llamados "morales". Así, Memorias de Fanny Hill, de John Cleland, inaugura, en opinión de algunos críticos, un género completamente nuevo que ensalza a una mujer activa, independiente, que se vale de sus encantos sin pudor y por motivos meramente instrumentales. Hoy en día sigue considerándose una obra "pornográfica" típica. Apareció en 1748-1749, pero, según algunas fuentes, no fue prohibida por el gobierno británico hasta un siglo más tarde. En realidad, mientras se supuso que sus lectores pertenecían a una especie de "élite", el libro no pareció plantear ningún problema de "sociedad". En cuanto una masa de personas pobres, supuestamente débiles de espíritu (mujeres, niños, obreros, etc.) pudo tener acceso a ese libro (y a otros del mismo género) se concibieron las medidas de prohibición. De forma más general no fue hasta el desarrollo de las técnicas de reproducción y de difusión masiva (fotografía, cine, periódicos y sistemas de comunicación modernos, por así decirlo), cuando el consumo de representaciones sexuales explícitas se convirtió en un problema "social", con la consiguiente aparición de las calificaciones morales de la "pornografía" y, sobretodo, de la "obscenidad".

En resumen, mientras es la "élite" quien consume las representaciones explícitas de actividades sexuales, mientras sólo son las personas distinguidas quienes se deleitan con éstas en sus salones privados, la "pornografía" no existe. Las cosas comienzan a torcerse a partir del momento en que, gracias a los medios de difusión modernos, tales representaciones comienzan a circular fuera de ese pequeño círculo, y los más pobres también pueden disfrutarlas. Entonces nace la idea de que hay que controlar o prohibir urgentemente la difusión de esas representaciones, so pretexto de que son repugnantes, peligrosas, inmorales. ¡Se ha inventado la "pornografía"!

(Pensar la pornografía, Ruwen Ogien,  págs. 63-73, Ediciones Paidós, Barcelona, 2005)





Aforismos: Friedrich Nietzsche





También heroico.- Hacer las cosas que huelen peor, de las que apenas nadie se atreve a hablar, pero que son útiles y necesarias, supone también un trabajo heroico. Los griegos nunca se avergonzaron de incluir entre los trabajos de Hércules, la limpieza del estiércol en un establo.


(Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales, 430- pág. 247, Friedrich Nietzsche, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 2003)