15 feb. 2010

Cazadores cazados





Hace ya algunos años escribí un pequeño ensayo (diríamos que de carácter doméstico) en el que hablaba de un cierto tipo de mujer que distaba mucho de ser el paradigma de mujer emancipada. En aquel entonces mi situación personal tampoco era paradigma de nada, más bien era un compendio de las tribulaciones propias de un joven compungido por su tiempo y circunstancias. El caso es que quería hablar de ese cierto tipo de mujer que tantas cosas me ha dado que pensar, tan buenas y tan malas las más de las veces.

La sexualidad (y sus manifestaciones instintivas) nos atraviesan a hombres y mujeres por igual en cada rincón de este planeta. No obstante, nuestro particular desarrollo anatómico ha acarreado históricamente también diferentes maneras de comportarnos sexualmente en función de si somos hombres o mujeres. El resultado de ello, a mi entender, es que la mayoría de hombres tendemos a reprimir menos nuestro deseo sexual que la mayor parte de mujeres (para entendernos, el falo es un gran programador de pensamientos cuyo único lenguaje es el sexo entendido en tanto que posibilidad de, practicarlo ya es mucho más difícil).

Este es un hecho comprensible dado la calidad de objeto que se le otorga a la mujer como consecuencia indeseable e indeseada de ese particular hecho biológico que es el desarrollo anatómico tan diferenciado, por otro lado, al que antes me he referido. Dicho esto me detengo en ese cierto tipo de mujer que sin duda he llegado a detestar, y detesto, a pesar de apreciar con gusto su sofisticación y belleza así como su gran sentido común. Ese cierto tipo de mujer (que ustedes podrán imaginar) equivale para mí al hastío y la desgana. Han sido víctimas imaginarias o reales de la Gran catequesis crónica productora de moral en Occidente y, sin duda, son grandes devotas de la fe materialista.

Así es que su sexualidad se ha convertido en una suerte de reducto donde el contacto carnal sólo puede ser la celebración por la conquista de una presa económicamente saludable. -Digo presa, no por confusión, si no por el convencimiento que tengo de que el hombre siempre es un cazador cazado o una presa, sin más, que acaba entre las dulces garras de alguna mujer-. Así como el recién nacido necesita de 24 horas (y tener figura humana) para adquirir jurídicamente la condición de persona, el hombre, en mi caso yo, necesitará de otras tantas para ser considerado pretendiente (es decir, apto para la práctica sexual) por ese cierto tipo de mujer al que con insistencia me refiero.

Yo entiendo el acto sexual como la culminación de una manifestación instintiva de nuestra sexualidad, seamos hombres o mujeres. Doy por hecho que esa manifestación instintiva de nuestra sexualidad se produce muy a menudo entre hombres y mujeres. También doy por hecho que cuando eso sucede, y existe reciprocidad, nada tendría que impedir que esa manifestación culminara en una relación más íntima. La transcripción interesada de la realidad-instintiva con el que ese cierto tipo de mujeres opera hace que una tarea aparentemente sencilla, como lo es el amor-sin-prolongaciones, se convierta en algo pesado y a menudo vergonzoso.

Hace un tiempo, tuve la suerte de conocer, de intimar con algunas chicas de Alemania y Suecia, ellas me ensañaron con la práctica cómo de sencillas y espontáneas pueden llegar a ser las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Qué duda cabe, que eso es para mí lo más saludable: pensar que no todas las mujeres son iguales y saber que siempre vas a poder encontrar a alguien con quien compartir tu sexualidad sin cortapisas ni elucubraciones.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Un molt bon títol compi.

Lo més dramàtic de l'espectacular repressió sexual en que viuen les dones del nostre país, és que habitualment se n'adonen just quan se'ls hi passa l'arròs.

Una veritable catastrofe nacional.

Salut!