30 ago. 2010

El burka, forma y contenido de una prohibición




El verano casi ya se nos escurre entre los dedos cuando leo otro interesante artículo sobre el tema del burka en el diario El Público. Los autores son dos viejos amigos y buenos preceptores de ese antro de gente biempensante llamado Facultad de Derecho. Para más señas, la Facultad de Derecho de Barcelona. La cuestión es que hace un tiempo di a conocer mi opinión en este lugar acerca de tan delicado tema. Hoy, impelido por la necesidad de matizar mis palabras me dispongo a escribir algo más en relación a la problemática del burka en Catalunya.

Dado que mis conocimientos son limitados, tanto en cuestiones estrictamente jurídicas como en aquellas más antropológicas, me limitaré a disertar a partir de aquello que más seguro estoy de poseer: una mezcla de sentido común y conocimiento fragmentario (lo cual no dice mucho de mi, ya lo sé).

Después interesarme profusamente por dicha problemática; es decir, después de leer diversos artículos, de escuchar muchas opiniones y después, también, de ser recriminado por algunas personas exaltadas, voy a acabar de exponer lo que en su día empecé.

Voy a centrarme casi por entero en lo que considero que es el verdadero quid de la cuestión, esto es, en el estéril debate entre la forma y el contenido. Indudablemente la forma con que ha sido abordada la problemática suscitada por dicha prenda de vestir (ya sea burka o niqab) no ha sido muy acertada y sí,  muy presumiblemente, que se ha hecho de forma tendenciosa o electoralista. No obstante, no tenía conocimiento de que esta iniciativa fuera promovida por partidos de extrema derecha. En el caso de Lleida (lugar desde donde se propagó todo el fuego mediático y donde tengo mi vecindad), sí que puedo afirmar que fue promovida por CiU y secundada por el PSC, en ningún caso por partidos de extrema derecha, a no ser que éstos últimos sean considerados como tales.

La alusión metafórica a los velos invisibles la he escuchado más de una vez y debo confesar que no me resulta nada convincente. ¿Para qué mezclar la libertades de tipo personal (cada uno puede elegir la manera, que no la forma, en que quiere vivir su vida; igual la monja que el monje, como la misionera o el eremita) con las que se ejercen públicamente (no podemos elegir siempre la forma con que queremos mostrarnos en sociedad, así los ya citados ejemplos de quien viste con pasamontañas o quien va con el casco puesto a todos lados)?

Me hace gracia que se siga señalando a las pobres monjas que precisamente lo son porque renuncian a la vida pública. No hace falta decir aquí que quien renuncia a la vida pública no tiene que rendir cuentas a nadie y debe respetarse su opción, pese a quien pese. Me preocupa más que se aluda frívolamente a una triste enfermedad de nuestro tiempo como sin duda lo es la anorexia (o la bulimia) para llamar la atención sobre esos supuestos velos invisibles. Siguiendo por aquí también podríamos decir que las mujeres adictas al consumo o al juego (que no son pocas) sufren las consecuencias del velo invisible que impone la economía capitalista. Creo no equivocarme si afirmo que no estamos hablando de una patología cuando hablamos del uso del burka.

En cualquier caso, me parece algo fatigante que tan a menudo, y por cosas de corto alcance, se aprovechen algunos para enarbolar con enérgica furia el panfleto de la Izquierda-anti con visos de feminismo radical y aspiraciones revolucionarias, en un contexto para nada abonado a la revolución. 

La cuestión sigue siendo la misma, aunque lamentablemente sea de provecho para algunos partidos de derecha: que la forma está equivocada (no hace falta prohibir exclusivamente un tipo de prenda) pero no así el contenido (nadie puede practicar la invisibilidad social en determinados espacios). Y no hace falta encomendarse a la cuestión del orden o la seguridad, también podríamos argüir que se nos priva de contemplar la belleza de la mujer (sin duda un acto hermoso), que se nos priva de poder compartir una sonrisa o, quizás, una mirada furtiva que nos permita fantasear con ese amor intercultural imposible.

Yo desde luego no voy a defender el uso del burka en determinados espacios,  aunque fuera de los lugares señalados creo que debe respetarse su uso, y no por una cuestión de dignidad, ni de seguridad, sencillamente porque me parecería una concesión al fanatismo inexplicable en pos de una supuesta libertad que se convierte en oxímoron cuando se coloca detrás de ese velo tan tupido que no nos deja ver pero sí ser vistos.

Admitamos, al fin, que el contenido subyacente referente a la prohibición atípica del niqab o el burka en determinados espacios (aunque mal formulada) es válido para configurar lo que ya denominé anteriormente como canon de occidentalidad. Hoy diré, de mínima occidentalidad.

O admitamos, quizás, algo más sencillo, que la identidad de las personas,  a veces,  no se puede tapar.

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