11 dic. 2009

Internet: mar y frutos





He leído muy poco sobre los entresijos de Internet, sobre sus orígenes, sobre la explicación científica que lo define o sobre sus fundamentos tecnológicos . Soy en esto un ser profano que ha oído por encima muchos nombres de libros , de  autores ilustres que hablan sobre sus efectos, sobre el qué y el cómo nos afecta. Hoy, encontrándome leyendo una entrevista al presidente del Piratpartiet he recordado algo maravilloso.

Últimamente me encontraba algo inquieto con respecto al debate acerca de la libertad de expresión en Internet. No tenía claro si podía colgar en mi blog una foto de las  miles que google te ofrece con hacer un sólo click. Tampoco tenía claro si los músicos pueden exigir que no nos apropiemos alegremente de lo que con tanto orgullo y dedicación han creado para nuestro disfrute (ni por un momento puedo imaginarme a quienes exigen tales medidas tocando en el comedor de sus casas o en algún siniestro estudio de grabación, para el disfrute de los suyos o el suyo propio. Qué mendaz sería creerlo y que patético resultaría que eso pudiera sera sí, pero... perdón, olvidé que eso no podía imaginarlo).

-Ahora estoy pensando en verdaderos músicos, en aquellos que viven y se expanden en el ejercicio humilde de la música, aquellos que nunca dicen nada porque a menudo no se corrompen por la vanidad del creador; aquellos que callan mientras entran en trance desgarrando alguna cuerda con el único fin de reproducir una melodía celestial. Aquéllos, primero recrean y después, quizás, se convierten en creadores, que modestos o sublimes, casi nunca llegaremos a conocer-

¡Pero ya está! Definitivamente me acabo de convencer de algo: los verdaderos piratas de la música quieren surcar los mares de la red para conocer todos los confines del mundo. Quieren viajar mucho y conquistar seguidores por todos los rincones de la tierra, quieren darse a conocer y alcanzar el oro soñado o la renta perpetua que salvaguarde sus egos de la pena atroz. La ambición, la perspectiva de una trayectoria fácil que haga desaparecer obedientemente la incertidumbre (económica) sobre sus futuros, les conduce a una lucha sin causa, sin enemigos posibles.

La solidaridad, la generosidad y la coherencia son algos que nos requieren con más urgencia que nunca. Yo abogo porque todo aquí se anteponga a los egos infecundos, porque todo aquí se convierta en fruto sin amo o no sea. Tiempo hay, para quienes se rebelan contra los tiempos, de regresar a sus cavernas.

La paradoja, lo maravilloso, es que todos somos como enjambre de semillas: podemos esparcirnos por doquier y constelar otros futuros que perduren en el hombre.


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