17 dic. 2009

Ganan las migajas







Hoy en Cataluña, una masa deshonesta reclama por la “libertad” de sus peculios. Estas gentes (a menudo fácilmente excitables y casi siempre las más dispuestas a luchar a ciegas por algo tan sencillo como la defensa de unos intereses propios) miraron a un lado, miraron al otro y se dieron cuenta que sus vecinos habían sido premiados con un privilegio extraordinario.
Éste, parece ser que consistía en el beneficio limpio y amable de heredar sin complejos; es decir, en no tener que pagar ningún tributo por el simple y maravilloso hecho de recibir el legado que algún familiar responsable con la tradición les dejó para su disfrute. -En los más de los casos éstos suponen una madeja de posibles futuros, libres de la tortura que conllevaría la práctica de la solidaridad. O, siendo menos prosaicos, libres de la asunción de una justa redistribución de las riquezas (que algunos recibirán por el sólo hecho de llevar tal o cual apellido)-. 
Cuando se percataron de esto, pensaron: ¿pero si ellos no pagan, por qué tenemos que pagar nosotros? (esta es sin duda la pregunta más universal para justificar una infamia). Desde los sectores catalanes de casta más noble (acaso veladamente desde algún partido político) se empezó a promover una lucha engañosa, y del todo oportunista, para conseguir los mismos privilegios que habían conseguido sus vecinos. De ésta se pasó a una cierta burguesía y de aquélla, el sentimiento se fue degradando hasta llegar a las capas más bajas de una sociedad democráticamente feudal (permítaseme este pequeño oxímoron, escribo con muchas prisas).
Todos los medios de comunicación se hicieron eco rápidamente de aquellas reivindicaciones, la gente empezaba a murmurar por las calles y muchos empezaron a sentirse pobres y desgraciados al no saber que hacer con sus pesadas herencias. Dícese que no podían pagar los tributos que por ellas les exigían (lamentablemente desconozco la particularidad de cada caso para poder opinar con mayor rotundidad).
En el Parlamento los grupos políticos empezaron un agrio debate defendiendo cada cuál sus intereses. Extrañamente, resultó que tan sólo uno de ellos, un grupo minoritario que egoístamente se dedicaba a una causa llamada justicia social, opuso feroz resistencia. Finalmente, no obstante, y por una cuestión sentimental mayoritaria, se decidió sabiamente que lo que no gusta a “muchos” ciudadan@s, vale para tod@s. Así que se decidieron a hacer algunas reformas con el único fin de equipararse a sus vecinos.
Ahora, en esas estamos, en un debate político sin sonrojo, donde lo que se discute no son más que las migajas por un Estado social que languidece. ¿Pero que será eso del Estado social?, muchos se preguntarán. Adivino que la masa deshonesta no quiere adentrarse en una reflexión tan política, tan económica, tan profunda como esa. Pero antes de acabar con esta historia, por la que muchos sentirán verdadera ingratitud, quiero recordar una sola cosa: nadie, absolutamente nadie, nunca tuvo, tiene, ni tendrá la distinguida obligación de aceptar una herencia.