Por arriba, tenemos a las castas dominantes que viven por, para y de los bienes materiales. Por abajo, tenemos al pueblo que sufre directamente la opresión de las castas dominantes y que se ve empujado al ejercicio legítimo de alienación en todas sus diversas formas. En el medio, hay una mezcla de oprimidos, cuasi oprimidos y cuasi libres que disfruta de pseudo privilegios en tanto que no se ven empujados directamente a «nada» en concreto. Los de arriba carecen de cualquier tipo de emoción y sólo quieren gobernar para perpetuar, cuando no mejorar, su poder -real y simbólico-. Los de abajo y del medio, en tanto que sufren injustamente las consecuencias indeseadas del azaroso arbitrio, sufren, y por lo tanto sienten, y como sienten, tienden siempre a alguna forma de conflicto. El principio resultante de todos esto es que los pocos de arriba gozan de una lucha aparentemente feliz y psicopática (pues su felicidad se basa, precisamente, en lo aparente de la felicidad y no en lo sustancial de la misma, sin importarles lo que es bueno o malo, ni lo que está bien o mal, para la mayoría), mientras que los muchos de abajo y del medio sufren la discordia de las pasiones humanas pero viven la vida de forma mucho más acorde a nuestra naturaleza -pues vivir conforme a nuestras emociones es verdadero arquetipo de vida-. Las cosas materiales no atribuyen cualidades humanas a quienes las poseen, mientras que la práctica de unos determinados valores sí que humaniza a quienes los promueven.
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16 may 2012
Una síntesis a la dialéctica de clases
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29 sept 2010
Motivos para haber ido a la Huelga General
Después de ver el seguimiento que ha tenido esta huelga en los medios informativos y después de escuchar algunos de los comentarios que desde allí se han proferido, se me han empezado a formar, como cúmulos dispersos que se juntan para una gran tormenta, estos pensamientos que tan sólo pretenden exponer los motivos por los que considero que, todos y todas, tendríamos que haber ido hoy a la Huelga.
Un taxista que está siendo increpado por un piquete de huelga les responde diciendo ¡Yo también estoy en contra de este gobierno!. El trabajador de una fábrica que acude a su puesto de trabajo le grita a un piquetero antes de entrar Hace dos años los sindicatos me echaron del trabajo, lo entiendes? No me vengáis ahora con... Otro, un ciudadano que se dirige en coche, supongamos que a trabajar, dice ante las cámaras Esto lo tendríais que haber hecho hace tres años y no ahora. Una señora entrando a su lugar de trabajo suelta con desparpajo Si no me lo descontaran, es muy posible que hoy no hubiera venido.
Todo este tipo de comentarios son una buena muestra de las miserias, y no precisamente materiales, que carcomen los sentimientos y buen entendimiento de mucha gente en nuestro país. Otros tantos y tantas se esconden como comadrejas en sus madrigueras, sin decir nada, esperando a que amaine la tormenta. Con la llegada del sol saldrán nuevamente para celebrar la normalidad y el absurdo de sus vidas. Muchos, la gran mayoría, celebrarán su estupidez sin apenas darse cuenta y después se quejarán, como niños castigados sin poder tocar un caramelo, de lo mal que lo está haciendo el actual Gobierno.
Parece ser que ante la constatación de lo evidente, ante la confirmación que definitivamente el pueblo trabajador va a ser aplastado por la mano invisible del Gran Capital, muchas personas no quieren asumir que TOCA HACER ALGO. Lo que les cuesta precisamente es ese HACER: ese sacrificar su tiempo en beneficio de alguien que no sea él, o los suyos; ese ser honesto admitiendo que los responsables de todo lo que está pasando son personas muy concretas; ese comprometerse con una lucha colectiva que no tiene más interés que la defensa de los derechos de la gran mayoría, ese cambiar algo (de nosotros) para que todo cambie (para nosotros).
Hay que atender muy seriamente a la mezquindad del hombre como enfermedad que avanza sin control, que se propaga y contagia a medio mundo sin que nadie se atreva a hacer nada para evitarlo -bueno, casi nadie-. Ese ser mezquino es el peor mal que nos aguarda; unos por vanidad, otros por vergüenza, otros por interés, otros por orgullo, otros por egoísmo y muchos, muchos por ignorancia, se dejan llevar, como la hoja que cae empujada por el viento, por el discurso insondable de sus emociones.
Los motivos para haber ido a esta huelga no tienen, en apariencia, nada que ver con las emociones pero, paradójicamente, sí que pueden procurarle muchos beneficios. Las personas se olvidan de algo sustancial: que cuando hacemos cosas que no responden a un interés individual, inmediato y concreto obtenemos un tipo de gratificación que nos hará sentir mejor que el día anterior, lo que significa algo muy importante: que ésta siempre es acumulativa. A ese tipo de gratificación se la suele denominar moral. Si alguien es incapaz de sentirla o pretende negar que tal gratificación exista, créanme, hoy tenía más motivos que nunca para ir a la Huelga.
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