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11 oct 2010

El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte





Hace unos años recuerdo como con gran insistencia algunos profesores del Departamento de Filosofía del Derecho nos recomendaban una y otra vez que leyéramos El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte. Yo como buen alumno siempre receptivo a las recomendaciones de aquellos profesores que merecían mi confianza no tardé en irlo a comprar y, al poco tiempo, ya lo tenía en casa. Desde aquél entonces han pasado muchos años y muchas cosas. En una ocasión hice un amago de leerlo pero me pareció excesivamente estadístico, vamos, que me costó mucho de deglutir. Así que abandoné mi buenos propósito pocos minutos después de empezarlo.

El caso es que hasta este verano no he afrontado el trabajoso reto que supone emprender su lectura nuevamente. De hecho, me he sentido como una especie de Indiana Jones en busca del enigma, del misterio o la luz que se esconde entre sus páginas. Finalmente he encontrado el fabuloso tesoro al que tantas veces había hecho referencia nuestro profesor. Las palabras de Karl Marx no pueden ser más claras y reveladoras, tampoco pueden ser, y lamentablemente, más actuales. He pensado, quizás ingenuamente, que la mejor manera de celebrar este hallazgo seria compartirlo con mis lectores. Así que aquí van sus palabras:

"La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una edición republicanizada de la Carta Constitucional de 1830. (...) La antigua organización administrativa, municipal, judicial, militar, etc., se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al nombre, no a la cosa.

(...) La Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron promulgada más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente a los otros estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la seguridad pública, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal, se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente."

Dicho esto, ¿para qué sirve hoy en día una Constitución? No cabe duda que Marx fue un gran visionario que ayuda, y mucho, a comprender los atropellos legales que nos hemos acostumbrado a sufrir con demasiada frecuencia. Así que frente a esto no puedo más que decir que quien quiera entender que entienda.

Ayer comentaba con unos compañeros de Lérida que una de las grandes conquistas del actual sistema económico capitalista no es haber conseguido instaurar la precariedad laboral en el mercado de trabajo, sino, y lo que es mucho más grave, lograr que los sentimientos que ésta provoca sean relegados al espacio íntimo e individual de los trabajadores y trabajadoras. Lo cual significa algo muy desesperanzador; que frente a todas las adversidades venideras no es factible pensar que puedan sumarse fuerzas para hacer frente a los poderes cada vez más opresivos que intentan reducirnos a meras expresiones, o transacciones, económicas.

La lucha sigue más viva que nunca y nos es bueno que hoy, ni  jamás, nos durmamos. Ahora defender nuestra dignidad se ha convertido en la tarea más ardua y difícil que podamos afrontar. Quizás tengamos que remover todos aquellos obstáculos -a los que hace referencia el artículo 9.2 de la Constitución Española- con el fin de que se hagan efectivas y reales las condiciones de libertad e igualdad que nos corresponden a todos los individuos y grupos. La tarea, no obstante, no va ser fácil.




29 sept 2010

Motivos para haber ido a la Huelga General





Después de ver el seguimiento que ha tenido esta huelga en los medios informativos y después de escuchar algunos de los comentarios que desde allí se han proferido, se me han empezado a formar, como cúmulos dispersos que se juntan para una gran tormenta, estos pensamientos que tan sólo pretenden exponer los motivos por los que considero que, todos y todas, tendríamos que haber ido hoy a la Huelga.

Un taxista que está siendo increpado por un piquete de huelga les responde diciendo ¡Yo también estoy en contra de este gobierno!. El trabajador de una fábrica que acude a su puesto de trabajo le grita a un piquetero antes de entrar Hace dos años los sindicatos me echaron del trabajo, lo entiendes? No me vengáis ahora con... Otro, un ciudadano que se dirige en coche, supongamos que a trabajar, dice ante las cámaras Esto lo tendríais que haber hecho hace tres años y no ahora. Una señora entrando a su lugar de trabajo suelta con desparpajo Si no me lo descontaran, es muy posible que hoy no hubiera venido.

Todo este tipo de comentarios son una buena muestra de las miserias, y no precisamente materiales, que carcomen los sentimientos y buen entendimiento de mucha gente en nuestro país. Otros tantos y tantas se esconden como comadrejas en sus madrigueras, sin decir nada, esperando a que amaine la tormenta. Con la llegada del sol saldrán nuevamente para celebrar la normalidad y el absurdo de sus vidas. Muchos, la gran mayoría, celebrarán su estupidez sin apenas darse cuenta y después se quejarán, como niños castigados sin poder tocar un caramelo, de lo mal que lo está haciendo el actual Gobierno.

Parece ser que ante la constatación de lo evidente, ante la confirmación que definitivamente el pueblo trabajador va a ser aplastado por la mano invisible del Gran Capital, muchas personas no quieren asumir que TOCA HACER ALGO. Lo que les cuesta precisamente es ese HACER: ese sacrificar su tiempo en beneficio de alguien que no sea él, o los suyos; ese ser honesto admitiendo que los responsables de todo lo que está pasando son personas muy concretas; ese comprometerse con una lucha colectiva que no tiene más interés que la defensa de los derechos de la gran mayoría, ese cambiar algo (de nosotros) para que todo cambie (para nosotros).

Hay que atender muy seriamente a la mezquindad del hombre como enfermedad que avanza sin control, que se propaga y contagia a medio mundo sin que nadie se atreva a hacer nada para evitarlo -bueno, casi nadie-. Ese ser mezquino es el peor mal que nos aguarda; unos por vanidad, otros por vergüenza, otros por interés, otros por orgullo, otros por egoísmo y muchos, muchos por ignorancia, se dejan llevar, como la hoja que cae empujada por el viento, por el discurso insondable de sus emociones.

Los motivos para haber ido a esta huelga no tienen, en apariencia, nada que ver con las emociones pero, paradójicamente, sí que pueden procurarle muchos beneficios. Las personas se olvidan de algo sustancial: que cuando hacemos cosas que no responden a un interés individual, inmediato y concreto obtenemos un tipo de gratificación que nos hará sentir mejor que el día anterior, lo que significa algo muy importante: que ésta siempre es acumulativa. A ese tipo de gratificación se la suele denominar moral. Si alguien es incapaz de sentirla o pretende negar que tal gratificación exista, créanme, hoy tenía más motivos que nunca para ir a la Huelga.

29 nov 2009

Fragmentos: Luis Sáez Rueda







Podemos elegir una forma de capitalismo u otra, pero no no está permitido optar contra el capital. Como una mancha de aceite, el neoliberalismo, que no conoce más dignidad que la del cálculo eficiente, se dilata a los confines del mundo macroscópico de la globalización y echa raíces tuberosas que se expanden, microscópica y reticularmente, hasta los más ínfimos recodos de la praxis inmediata. En lenguaje foucaltiano, se diría que esta fuerza sin cabeza, trenzada con otras de muy diversa índole -retóricas, mediáticas, tradicionales o intenmpestivas- tejen la urdimbre en la que gobierna un poder pastoral: un poder como el del pastor sobre el rebaño, que no necesita mantenerlo atado, sino que conduce sutilmente, y hasta con mano acariciadora, su libertad y que se presenta, incluso, como salvador de su grey .

En el fondo, el capital depende de una malla extensa de poderes enmarañados sobre la que florece y que adopta el aspecto de una soterrada tecnología del yo, de las conductas humanas, sus hábitos, sus deseos, preferencias o estilos de vida. La técnica ha escapado del habitáculo en el que la colocó el homo faber e invade las relaciones entre el hombre y de éstos con el mundo, conformando un modo de ser en virtud del cual lo valioso se hace tributario de lo rentable, la grandeza se trueca en grandificencia, los proyectos en planes estratégicos.

El mundo tecnificado convierte a todo lo existente en existencias, es decir, en objetos que, como las latas en el mercado, están ahí para ser acumulados, cuantificados y puestos a disposición del deseo humano: desde la naturaleza , cuyo sentido de albergue quiere el hombre reducir al de una colosal fuente de recursos, hasta la ideología política, que ya no es un suelo fértil y próvido, sino una especie de espantapájaros, zafio instrumento para asustar al contrario, para alejar el picotazo de la inseguridad, del riesgo, de todo lo que no posea un sentido pragmático, y proteger el cultivo del mismo producto una y otra vez: del artefacto.


El artefacto no es sólo un instrumento. Es un dispositivo que dispone conductas cuya orientación es la de hacer disponible aquello con lo que se relacionan. Lo hace en el hospital, creando las condiciones para que el profesional y el paciente estén disponibles respecto a los requerimientos de la industria farmacéutica , creando las condiciones para que en un futuro próximo, sea posible la libre disposición del hombre sobre su propia naturaleza, es decir, para la producción del hombre por el hombre a través de la biogenética .

Lo hace en la escuela y en la universidad dirigidas cada vez más imperiosamente hacia la creación de especialistas de recambio, capaces de (es decir, con las habilidades suficientes para) someter los acontecimientos de su campo a las expectativas de orden y aprovechamiento del mundo que le han sido confiadas. Lo hace, por terminar aquí, en la investigación, que ya no puede buscar sus propios senderos, sino prosperar en la medida en que genera eficacia y se organiza para ello con espíritu de empresa, bien para rentabilizar el expolio del planeta o la distribución adecuada de los frutos de esa usura, bien sometiendo el saber a los resultados pragmáticos de su conquista.

(Ser errático. Una ontología crítica de la sociedad, págs. 35-36, Ed. Trotta, Madrid, 2009)