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31 ago 2014

Mujeres, personas y cuerpos





A menudo, dirigir toda la inquina e indignación hacia la sociedad y hacia la masculinidad que pre-conforma una cultura como la nuestra, resulta, sino vano, del todo contraproducente, por aquello a lo que apuntaba Susan George cuando decía que intentar intimidar y avergonzar a la gente para que cambie produce justamente el efecto contrario. Hace poco, un buen amigo me ayudó a precisar con bastante exactitud algo a lo que hacía tiempo venía dándole vueltas. ¿Cómo educaría a mi hija para prevenirla de una sociedad machista y patriarcal? ¿Qué le diría? Lo que yo le explicaría es que la mujer también tiene retos importantes a los que hacer frente, como mujer y para la mujer (las presentes y las futuras). Le enseñaría desde muy pequeña una distinción fundamental. Que lo más importante para evitar la violencia, la brutalidad, la prepotencia de los hombres en el futuro es aprender a sentirse valorada como persona, antes que deseada como mujer -en tanto que un cuerpo, una vulva, un placer más para su disfrute-. Soy consciente que no sería una tarea fácil, pero tendría la fuerza y confianza suficientes para persistir en ese ejemplo. Pues estoy convencido de que es algo factible, real. Una conquista posible.

-Que tu valor delimite su deseo. Que su deseo no defina tu valor.-



15 feb 2010

Cazadores cazados





Hace ya algunos años escribí un pequeño ensayo (diríamos que de carácter doméstico) en el que hablaba de un cierto tipo de mujer que distaba mucho de ser el paradigma de mujer emancipada. En aquel entonces mi situación personal tampoco era paradigma de nada, más bien era un compendio de las tribulaciones propias de un joven compungido por su tiempo y circunstancias. El caso es que quería hablar de ese cierto tipo de mujer que tantas cosas me ha dado que pensar, tan buenas y tan malas las más de las veces.

La sexualidad (y sus manifestaciones instintivas) nos atraviesan a hombres y mujeres por igual en cada rincón de este planeta. No obstante, nuestro particular desarrollo anatómico ha acarreado históricamente también diferentes maneras de comportarnos sexualmente en función de si somos hombres o mujeres. El resultado de ello, a mi entender, es que la mayoría de hombres tendemos a reprimir menos nuestro deseo sexual que la mayor parte de mujeres (para entendernos, el falo es un gran programador de pensamientos cuyo único lenguaje es el sexo entendido en tanto que posibilidad de, practicarlo ya es mucho más difícil).

Este es un hecho comprensible dado la calidad de objeto que se le otorga a la mujer como consecuencia indeseable e indeseada de ese particular hecho biológico que es el desarrollo anatómico tan diferenciado, por otro lado, al que antes me he referido. Dicho esto me detengo en ese cierto tipo de mujer que sin duda he llegado a detestar, y detesto, a pesar de apreciar con gusto su sofisticación y belleza así como su gran sentido común. Ese cierto tipo de mujer (que ustedes podrán imaginar) equivale para mí al hastío y la desgana. Han sido víctimas imaginarias o reales de la Gran catequesis crónica productora de moral en Occidente y, sin duda, son grandes devotas de la fe materialista.

Así es que su sexualidad se ha convertido en una suerte de reducto donde el contacto carnal sólo puede ser la celebración por la conquista de una presa económicamente saludable. -Digo presa, no por confusión, si no por el convencimiento que tengo de que el hombre siempre es un cazador cazado o una presa, sin más, que acaba entre las dulces garras de alguna mujer-. Así como el recién nacido necesita de 24 horas (y tener figura humana) para adquirir jurídicamente la condición de persona, el hombre, en mi caso yo, necesitará de otras tantas para ser considerado pretendiente (es decir, apto para la práctica sexual) por ese cierto tipo de mujer al que con insistencia me refiero.

Yo entiendo el acto sexual como la culminación de una manifestación instintiva de nuestra sexualidad, seamos hombres o mujeres. Doy por hecho que esa manifestación instintiva de nuestra sexualidad se produce muy a menudo entre hombres y mujeres. También doy por hecho que cuando eso sucede, y existe reciprocidad, nada tendría que impedir que esa manifestación culminara en una relación más íntima. La transcripción interesada de la realidad-instintiva con el que ese cierto tipo de mujeres opera hace que una tarea aparentemente sencilla, como lo es el amor-sin-prolongaciones, se convierta en algo pesado y a menudo vergonzoso.

Hace un tiempo, tuve la suerte de conocer, de intimar con algunas chicas de Alemania y Suecia, ellas me ensañaron con la práctica cómo de sencillas y espontáneas pueden llegar a ser las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. Qué duda cabe, que eso es para mí lo más saludable: pensar que no todas las mujeres son iguales y saber que siempre vas a poder encontrar a alguien con quien compartir tu sexualidad sin cortapisas ni elucubraciones.

31 dic 2009

Entre toros y hombres








Los toros. "Per una Barcelona antitaurina" se puede escuchar o leer en cada rincón de esta pequeña ciudad. En algunos círculos, casi siempre concéntricos, de gente, de personas o cosas (hay seres que se quedan en eso), un torbellino de pensamientos giran en espiral hasta acabar siempre convertidos en una misma proclama. Quizás porque mis orígenes hay que buscarlos en un pequeño país llamado Uruguay (muy de lejos de aquí), que nunca he sentido interés alguno por el mundo taurino.

Nunca me han gustado los toros, ni la caspa, ni los malditos pasodobles que de pequeño siempre torturaban mi sentido musical: mis oídos expectantes al ruido fino o a la melodía más común, pero siempre alejada de la excitación que produce la contemplación de la sangre. En absoluto conozco lo suficiente como para poder deliberar con rigor acerca de esta fiesta y sus liturgias, pero sí quiero, no obstante, dejar mi impronta, mi opinión sobre tan persistente debate: toros sí, toros no... (para empezar, no creo que Barcelona merezca una consideración diferente en este punto: Irak no es la Monumental, para entendernos). 

La verdad es que no lo tengo muy claro, pero después de ir  picoteando información en todo tipo de medios durante años, después de escuchar muchas opiniones, algunas cercanas y otras  más distantes, lo cierto, es que no me puedo inclinar. Me he quedado como un palo fijo, como el hombre,  que aterido o pasmado, se encuentra frente a frente con una bestia negra y descomunal que lo mira desafiante. La muerte pueden ser dos astas (quizás baste sólo una); puede ser una embestida certera y colosal o puede no-ser,  tan sólo como excusa para justificar el tedio de muchas otras vidas. 

Yo no soy, por fortuna, desmemoriado, y puedo dar fe (la que me brindan generosamente las hemerotecas) de que muchos toreros han muerto durante las lidias, algunos eran más insignes que otros, pero todos coincidían en su condición humana (ya sé que son los toros los que más mueren en una proporción obscenamente desafortunada, pero no quiero entrar en el debate acerca de una supuesta humanización de las bestias o, menos aún, sobre la empatía que les podríamos profesar). 

También puedo afirmar que es un espectáculo que nunca me ha gustado, que no me gusta en absoluto. No me gusta, no me cae bien su público medio (esto viene del hombre medio en que muchos manuales de Derecho me hicieron creer). Tampoco toda su liturgia ni lo que para muchos representa. A mi me gustan las dehesas, me gusta ese animal bravo, ese coloso que puede representar la tragedia más universal. Hay a quienes les gusta coronar las montañas más altas de la Tierra, sin duda es un desafío más honesto y menos sangriento (a pesar de los muchos dedos y extremidades que se pueden perder en el intento). No voy a discutir que en este último caso se trata de un desafío sin “alteridad” posible. 

A otros, les gusta enfrentarse a la muerte en el ruedo, jaleados o vapuleados por quienes asisten a un espectáculo perverso, cargado de potencial trágico y que  parece querer perpetuarse en el tiempo con vehemencia. Definitivamente, no soy una persona antitaurina, aunque desde una perspectiva más platónica, me gustaría un duelo más igualitario y menos sangriento; menos banderillas, menos caballos y más cuerpo a cuerpo, sólos Toro y  Hombre. Sobre la inevitable tragedia final, no la discuto: en todos los duelos a muerte  sólo uno puede sobrevivir. ¿Per una Barcelona antitaurina? Sí, porque después de 30 años viviendo en esta ciudad no conservo un solo recuerdo que guarde estrecha relación con el furor que este espectáculo sí que despierta en otros lugares. ¿Por quiénes no, entonces, debería dejar de serlo? En la calle nunca les veo.


11 dic 2009

Internet: mar y frutos





He leído muy poco sobre los entresijos de Internet, sobre sus orígenes, sobre la explicación científica que lo define o sobre sus fundamentos tecnológicos . Soy en esto un ser profano que ha oído por encima muchos nombres de libros , de  autores ilustres que hablan sobre sus efectos, sobre el qué y el cómo nos afecta. Hoy, encontrándome leyendo una entrevista al presidente del Piratpartiet he recordado algo maravilloso.

Últimamente me encontraba algo inquieto con respecto al debate acerca de la libertad de expresión en Internet. No tenía claro si podía colgar en mi blog una foto de las  miles que google te ofrece con hacer un sólo click. Tampoco tenía claro si los músicos pueden exigir que no nos apropiemos alegremente de lo que con tanto orgullo y dedicación han creado para nuestro disfrute (ni por un momento puedo imaginarme a quienes exigen tales medidas tocando en el comedor de sus casas o en algún siniestro estudio de grabación, para el disfrute de los suyos o el suyo propio. Qué mendaz sería creerlo y que patético resultaría que eso pudiera sera sí, pero... perdón, olvidé que eso no podía imaginarlo).

-Ahora estoy pensando en verdaderos músicos, en aquellos que viven y se expanden en el ejercicio humilde de la música, aquellos que nunca dicen nada porque a menudo no se corrompen por la vanidad del creador; aquellos que callan mientras entran en trance desgarrando alguna cuerda con el único fin de reproducir una melodía celestial. Aquéllos, primero recrean y después, quizás, se convierten en creadores, que modestos o sublimes, casi nunca llegaremos a conocer-

¡Pero ya está! Definitivamente me acabo de convencer de algo: los verdaderos piratas de la música quieren surcar los mares de la red para conocer todos los confines del mundo. Quieren viajar mucho y conquistar seguidores por todos los rincones de la tierra, quieren darse a conocer y alcanzar el oro soñado o la renta perpetua que salvaguarde sus egos de la pena atroz. La ambición, la perspectiva de una trayectoria fácil que haga desaparecer obedientemente la incertidumbre (económica) sobre sus futuros, les conduce a una lucha sin causa, sin enemigos posibles.

La solidaridad, la generosidad y la coherencia son algos que nos requieren con más urgencia que nunca. Yo abogo porque todo aquí se anteponga a los egos infecundos, porque todo aquí se convierta en fruto sin amo o no sea. Tiempo hay, para quienes se rebelan contra los tiempos, de regresar a sus cavernas.

La paradoja, lo maravilloso, es que todos somos como enjambre de semillas: podemos esparcirnos por doquier y constelar otros futuros que perduren en el hombre.


29 nov 2009

Fragmentos: Luis Sáez Rueda







Podemos elegir una forma de capitalismo u otra, pero no no está permitido optar contra el capital. Como una mancha de aceite, el neoliberalismo, que no conoce más dignidad que la del cálculo eficiente, se dilata a los confines del mundo macroscópico de la globalización y echa raíces tuberosas que se expanden, microscópica y reticularmente, hasta los más ínfimos recodos de la praxis inmediata. En lenguaje foucaltiano, se diría que esta fuerza sin cabeza, trenzada con otras de muy diversa índole -retóricas, mediáticas, tradicionales o intenmpestivas- tejen la urdimbre en la que gobierna un poder pastoral: un poder como el del pastor sobre el rebaño, que no necesita mantenerlo atado, sino que conduce sutilmente, y hasta con mano acariciadora, su libertad y que se presenta, incluso, como salvador de su grey .

En el fondo, el capital depende de una malla extensa de poderes enmarañados sobre la que florece y que adopta el aspecto de una soterrada tecnología del yo, de las conductas humanas, sus hábitos, sus deseos, preferencias o estilos de vida. La técnica ha escapado del habitáculo en el que la colocó el homo faber e invade las relaciones entre el hombre y de éstos con el mundo, conformando un modo de ser en virtud del cual lo valioso se hace tributario de lo rentable, la grandeza se trueca en grandificencia, los proyectos en planes estratégicos.

El mundo tecnificado convierte a todo lo existente en existencias, es decir, en objetos que, como las latas en el mercado, están ahí para ser acumulados, cuantificados y puestos a disposición del deseo humano: desde la naturaleza , cuyo sentido de albergue quiere el hombre reducir al de una colosal fuente de recursos, hasta la ideología política, que ya no es un suelo fértil y próvido, sino una especie de espantapájaros, zafio instrumento para asustar al contrario, para alejar el picotazo de la inseguridad, del riesgo, de todo lo que no posea un sentido pragmático, y proteger el cultivo del mismo producto una y otra vez: del artefacto.


El artefacto no es sólo un instrumento. Es un dispositivo que dispone conductas cuya orientación es la de hacer disponible aquello con lo que se relacionan. Lo hace en el hospital, creando las condiciones para que el profesional y el paciente estén disponibles respecto a los requerimientos de la industria farmacéutica , creando las condiciones para que en un futuro próximo, sea posible la libre disposición del hombre sobre su propia naturaleza, es decir, para la producción del hombre por el hombre a través de la biogenética .

Lo hace en la escuela y en la universidad dirigidas cada vez más imperiosamente hacia la creación de especialistas de recambio, capaces de (es decir, con las habilidades suficientes para) someter los acontecimientos de su campo a las expectativas de orden y aprovechamiento del mundo que le han sido confiadas. Lo hace, por terminar aquí, en la investigación, que ya no puede buscar sus propios senderos, sino prosperar en la medida en que genera eficacia y se organiza para ello con espíritu de empresa, bien para rentabilizar el expolio del planeta o la distribución adecuada de los frutos de esa usura, bien sometiendo el saber a los resultados pragmáticos de su conquista.

(Ser errático. Una ontología crítica de la sociedad, págs. 35-36, Ed. Trotta, Madrid, 2009)