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31 ago 2014

Mujeres, personas y cuerpos





A menudo, dirigir toda la inquina e indignación hacia la sociedad y hacia la masculinidad que pre-conforma una cultura como la nuestra, resulta, sino vano, del todo contraproducente, por aquello a lo que apuntaba Susan George cuando decía que intentar intimidar y avergonzar a la gente para que cambie produce justamente el efecto contrario. Hace poco, un buen amigo me ayudó a precisar con bastante exactitud algo a lo que hacía tiempo venía dándole vueltas. ¿Cómo educaría a mi hija para prevenirla de una sociedad machista y patriarcal? ¿Qué le diría? Lo que yo le explicaría es que la mujer también tiene retos importantes a los que hacer frente, como mujer y para la mujer (las presentes y las futuras). Le enseñaría desde muy pequeña una distinción fundamental. Que lo más importante para evitar la violencia, la brutalidad, la prepotencia de los hombres en el futuro es aprender a sentirse valorada como persona, antes que deseada como mujer -en tanto que un cuerpo, una vulva, un placer más para su disfrute-. Soy consciente que no sería una tarea fácil, pero tendría la fuerza y confianza suficientes para persistir en ese ejemplo. Pues estoy convencido de que es algo factible, real. Una conquista posible.

-Que tu valor delimite su deseo. Que su deseo no defina tu valor.-



24 nov 2010

Cavilaciones de un militante de izquierdas antes de ir a votar


 

Al igual que todas las sociedades siempre han despreciado y excluido a las personas más empobrecidas y marginales, desterrándolas, sino al olvido, sí a los arrabales de sus ciudades, los partidos de izquierda, al igual que aquéllos, somos los pobres de la política con quienes nadie quiere identificarse y, menos aún, mostrar su apoyo públicamente -permítanme que haga este símil que se lleva fraguando en mi mollera desde hace algunos días-. Lo que sucede es que, aunque las personas tiendan de forma natural a desplazar de sus vidas, a ignorar, lo que consideran como formas fracasadas de existencia, no por ello dejan éstas de existir, ni su existencia deja de ser conocida por todos. Pues bien, estoy en el convencimiento de que lo mismo sucede con la izquierda política, la verdadera, aquélla que se distingue claramente de todas las demás porque en ella todo es escasez y praxis solidaria; que se distingue, también, porque en ella no hay ampulosidad ni individualismos exacerbados; donde todo se comparte menos el bullicio de las multitudes enfervorecidas que nunca van a acudir a sus no-lugares.

Sumida en sus miserias y penalidades, la gente es incapaz de creer en algo que no simbolice todo aquello que ansían como puedan ser el poder, el éxito o la abundancia material. En algunos casos, son la desidia y pataleo infantil los que provocan que en nada se crea, convirtiéndose en la mejor solución para hacer frente al difícil reto que supone hoy en día comprometerse políticamente, ¡y ya no digamos con una política que sea coherente con lo que pensamos! Esto último es muy importante porque convencido estoy, también, de que son muchos y muchas los que no votan según lo que puedan pensar, sino que lo hacen según lo que sienten más superficialmente*. Nadie va a disfrutar con nosotros de la correspondencia mediática que más íntimamente se desea; nunca van a sentirse arropados por la ficción momentánea de formar parte del grupo elegido: el que ha de manejar auténtico poder y el que ha de tomar las decisiones importantes. Parece ser que nadie quiere ir a la fiesta con los que tienen el pastel más pequeño. Parece que digan que, en el fondo, todos nos sentimos gente importante y queremos lo mejor.

Pero, también los hay quienes creen por error que están por encima o fuera del sistema. Los llamados abstencionistas son como los agnósticos que no se deciden a definirse como ateos (lo que en última instancia sería más coherente), y despotrican de dios, de la Iglesia y de todo ceremonial religioso pero después no obran en consecuencia y se reservan un derecho, muy cómodo por cierto, a no negar rotundamente la existencia de un dios. Arguyen que existen cosas que el ser humano no es capaz de percibir ni de comprender -vamos, que no se pueden demostrar-. Practican un juego perverso que se basa en el “participo, pero no quiero saber nada de reglas”, “participo, pero no me interesa saber a quién le debo las gracias por poder participar”, “participo, pero tanto me daría si no puedo hacerlo”, lo que equivale a decir que tanto les da ser esclavos que amos y que, su única meta, es la de sobrevivir (individualmente) con los máximos privilegios -digo participar, porque todos participamos de la cosa pública; queramos o no queramos y seamos, o no, conscientes-. No quieren más dolores de cabeza, ni más complicaciones, sólo quieren que los políticos les dejen en paz y poder así vivir tranquilamente. Me temo que, tal como están los tiempos, eso no es posible y, también, por tanto, que su opción no es la mejor manera de contribuir a la causa colectiva.

Me podrán decir entonces lo que tanto les gusta: “Que ya están cansados, que los políticos son todos iguales y que, después de mucho tiempo de reflexión (si es que la llegan a hacer algún día) no quieren formar parte de ese circo donde, además, no hay programas unívocos que aglutinen sus exquisitas sensibilidades políticas. ¡Como si eso fuera posible! ¡No está nuestra ideología para sibaritismos! Cuando se trata de implicarse con la ideología de izquierdas todos se convierten en grandes gourmets de la política, parece que todo sirve, cualquier excusa es válida para no hacerlo y, mientras esto sucede, son otros los que se adueñan del destino de todo un país porque simbolizan el éxito al que toda vida fracasada aspira. ¿Y cuál es éste? El que desde tiempos inmemoriales ha regido la vida del hombre: el sueño por una vida materialmente mejor. “Ellos sí que van a conducirnos a la vida soñada, o al menos mejorarán la presente”, se dirán. Crearán espejismos con los que poder seducir a las almas torturadas que vagan desesperadas por sus páramos yermos. Acabarán votando lo que menos les conviene, y ejercerán su derecho (¡que tantas vidas costó!) para ir en contra de sus propios derechos. ¡Qué vil paradoja! Creo que no me equivoco si afirmo que esto supone un auténtico despropósito.

Afortunadamente, todo lo que peroro tan sólo son presunciones con las que intento explicarme el abandono que sufre la Izquierda en su lucha por recuperar y ampliar las conquistas logradas mucho tiempo antes por generaciones de hombres (y mujeres) valientes y generosas. El hecho de que casi todo hoy se decida en las urnas a golpe de emociones no es un buen síntoma de la deriva humana. Parece que todos estemos encerrados en una burbuja sentimental de la que no es posible salir a no ser que se nos ofrezca un botín suculento, o la ingenua promesa de que el mundo va a ser feliz, como de niños la mayoría nos imaginábamos que era. Quizás, y más probablemente, ello nunca sea posible porque otros se han preocupado, y mucho, de que ya no necesitemos nada por lo que valga la pena luchar y comprometerse. Sin embargo la gente se olvida de algo importante, que seguimos siendo nosotros quienes decidimos el qué y el cómo de nuestro futuro.


* Lo que yo denomino sentimiento superficial se diferenciaría del íntimo en tanto que el primero se acomoda en el ámbito de lo sensible, de lo aparente y, generalmente, las emociones que lo sustentan son pasajeras o temporales; mientras que el sentimiento más íntimo, o profundo, es aquél que se desprende de nuestras cualidades humanas y que se sustenta en emociones que permanecen arraigadas.

16 sept 2010

El desorden de los estúpidos



Foto: "Incivism: A Rebel Yell" de Carlos Lorenzo


Hoy, leyendo un artículo sobre la cuestión del civismo, del entrañable camarada Manuel Delgado, he vuelto a agitarme con gran vehemencia. Es un artículo brillante que hace las delicias de cualquier persona interesada en cuestiones callejeras. Digo callejeras con toda la intención, ya que con mucha seguridad nadie interesado en cuestiones de orden público puede encontrar allí algo con lo que identificarse o, senzillamente, sintonizar. Yo soy una rara mezcla de persona interesada en ambas cosas; me interesa la calle y me interesa un cierto orden público, ¿acaso eso es imposible? Como el citado artículo me parece irrefutable me limitaré a introducir un matiz sobre lo que en él se dice.

En lo fundamental, estoy muy de acuerdo con M. Delgado pero, cuando él habla de incivismo, yo añadiría algo más. Añadiría esa parte de lo incívico que constituye un grueso importante de lo que comopone su definición. Esa parte de lo incívico a la que aludo yo quería llamarla capullismo, pero la Real Académia no me lo permite, así que tendré que llamarla estupidismo, de significado más reconocible. El estupidismo, como yo le llamo, lo definiré (y parafraseando a M. D.) como el conjunto de realidades sociales que conforman los actos propios de un estúpido, tomados en su individualidad o en su conjunto. Añadiré que, lo que yo defino como un estúpido, tiene los bienes materiales suficientes como para que no pueda llegar a ser considerado como un desclasado, de las cuestiones sentimentales que hacen que alguien pueda sentirse como tal se hablará más adelante. Yo, por ejemplo, sin llegar a gozar nunca de los bienes materiales que me hubiera gustado, pero sin que nunca me hayan faltado los suficientes, me he sentido más de una vez desclasado, lo cual no me convierte en un paria.

El estúpido es entonces alguien muy familiar para los que nos dedicamos a escribir y nos nutrimos de la observación, ya sea ésta participante o no. Es alguien cercano en muchas más cosas de las que se diferencia de nosotros. Su edad es algo que resulta del todo indiferente, puediera ser una persona joven, como también podría ser alguien maduro o viejo, ¡tanto da para el estúpido! Llegados a este punto, es cuando empiezo a imaginar situaciones con las que poder ilustrar los actos propios de un estúpido, se me ocurren muchas y para casi todas las edades. Una de mis preferidas es la que describe la trayectoria estúpida de un ciclista superantinormativo que circula saltandóse todos los semáforos y que, llegando a una calle peatonal, estrecha y poblada de gente, decide proseguir alegremente con su trayectoria, de lo más estúpida, confraternizando así con sus conciudadanos y recibiendo de ellos algún que otro dicterio cariñoso. Este ejemplo ilustra muy bien ése estupidismo que se esconde en muchos de los actos incívicos. Otro que le va a la zaga, es el de las personas que sin ninguna coartada se dedican a amargar las noches de muchas otras personas que precisamente no gozan de las condiciones de vida que ellos tienen, y que tampoco pueden o tampoco quieren, ¡en su derecho están!. En esta variante, podemos encontrar todo tipo de ejemplos; desde los percusionistas perennes que contaminan muchas madrugadas, hasta los que no pueden contener sus extremidades o el tono de voz, también a altas horas y, casi siempre, sospechosamente embriagados.

Así pues, para explicar el estupidismo al que me refiero con tanta insistencia sólo podemos hacerlo desde un plano emocional. Siempre he dicho que España es un país tocado por el sol, ¡y Barcelona no lo iba a ser menos! Pues bien, llegamos así a la conclusión de que los actos del estúpido tienen un fundamento emocional que no ha podido, o no ha querido ser regulado, por el sujeto. Siguiendo esta premisa, deduzco que la persona que no puede, o no quiere regular sus emociones tiene un problema, desde el momento en que perjudica a otros por dicho motivo. Entonces tenemos, por fin, que la mayoría de estúpidos a los que yo me refiero tienen un problema que no viene impuesto por ningún orden público ni normas, explícitas o abstractas, que lo constriñan.

El problema fundamental, es que la estupidez siempre tiende a ser mayor cuando se le da una coartada ideológica. Si todo fuera simple incivismo, si todo fueran colillas desposeídas de sus preciados nichos, si todo fueran caquitas o zurullos desperdigados por doquier en ramblas y avenidas, si todo fueran esas simples cosas materiales, o acaso estéticas, quién debatiría o clamaría al cielo por el maldito civismo. Quien eso hiciera bien merecería como castigo un curso avanzado de sociología marxista para erradicar esa gran ignorancia de su cabeza. El estupidismo, como yo lo entiendo, es la peor forma de incivismo porque siempre es ilimitado. De hecho, constituye su parte esencial y es la que se comete más a menudo en la mayor parte de espacios urbanos de, pongamos, Barcelona.

Contravenir las normas es algo excitante y revelador para muchos, especialmente para los estúpidos como fácilmente se puede entender. Yo, como no quiero coartadas ideológicas ni tengo condiciones materiales que justifiquen mi ira contra el orden público me he limitado siempre a ser un imbécil obediente, que ha querido participar de una utopía compartida con el resto de imbéciles que no tienen tanta facilidad para ejercer su libertad sin cortapisas. El desorden, cierto incivismo, es inherente a los grandes espacios urbanos de convivencia; el estupidismo, por el contrario, es algo fácilmente evitable y tan sólo depende de la voluntad de algunos, estén embriagados o no.