Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas

16 sept 2010

El desorden de los estúpidos



Foto: "Incivism: A Rebel Yell" de Carlos Lorenzo


Hoy, leyendo un artículo sobre la cuestión del civismo, del entrañable camarada Manuel Delgado, he vuelto a agitarme con gran vehemencia. Es un artículo brillante que hace las delicias de cualquier persona interesada en cuestiones callejeras. Digo callejeras con toda la intención, ya que con mucha seguridad nadie interesado en cuestiones de orden público puede encontrar allí algo con lo que identificarse o, senzillamente, sintonizar. Yo soy una rara mezcla de persona interesada en ambas cosas; me interesa la calle y me interesa un cierto orden público, ¿acaso eso es imposible? Como el citado artículo me parece irrefutable me limitaré a introducir un matiz sobre lo que en él se dice.

En lo fundamental, estoy muy de acuerdo con M. Delgado pero, cuando él habla de incivismo, yo añadiría algo más. Añadiría esa parte de lo incívico que constituye un grueso importante de lo que comopone su definición. Esa parte de lo incívico a la que aludo yo quería llamarla capullismo, pero la Real Académia no me lo permite, así que tendré que llamarla estupidismo, de significado más reconocible. El estupidismo, como yo le llamo, lo definiré (y parafraseando a M. D.) como el conjunto de realidades sociales que conforman los actos propios de un estúpido, tomados en su individualidad o en su conjunto. Añadiré que, lo que yo defino como un estúpido, tiene los bienes materiales suficientes como para que no pueda llegar a ser considerado como un desclasado, de las cuestiones sentimentales que hacen que alguien pueda sentirse como tal se hablará más adelante. Yo, por ejemplo, sin llegar a gozar nunca de los bienes materiales que me hubiera gustado, pero sin que nunca me hayan faltado los suficientes, me he sentido más de una vez desclasado, lo cual no me convierte en un paria.

El estúpido es entonces alguien muy familiar para los que nos dedicamos a escribir y nos nutrimos de la observación, ya sea ésta participante o no. Es alguien cercano en muchas más cosas de las que se diferencia de nosotros. Su edad es algo que resulta del todo indiferente, puediera ser una persona joven, como también podría ser alguien maduro o viejo, ¡tanto da para el estúpido! Llegados a este punto, es cuando empiezo a imaginar situaciones con las que poder ilustrar los actos propios de un estúpido, se me ocurren muchas y para casi todas las edades. Una de mis preferidas es la que describe la trayectoria estúpida de un ciclista superantinormativo que circula saltandóse todos los semáforos y que, llegando a una calle peatonal, estrecha y poblada de gente, decide proseguir alegremente con su trayectoria, de lo más estúpida, confraternizando así con sus conciudadanos y recibiendo de ellos algún que otro dicterio cariñoso. Este ejemplo ilustra muy bien ése estupidismo que se esconde en muchos de los actos incívicos. Otro que le va a la zaga, es el de las personas que sin ninguna coartada se dedican a amargar las noches de muchas otras personas que precisamente no gozan de las condiciones de vida que ellos tienen, y que tampoco pueden o tampoco quieren, ¡en su derecho están!. En esta variante, podemos encontrar todo tipo de ejemplos; desde los percusionistas perennes que contaminan muchas madrugadas, hasta los que no pueden contener sus extremidades o el tono de voz, también a altas horas y, casi siempre, sospechosamente embriagados.

Así pues, para explicar el estupidismo al que me refiero con tanta insistencia sólo podemos hacerlo desde un plano emocional. Siempre he dicho que España es un país tocado por el sol, ¡y Barcelona no lo iba a ser menos! Pues bien, llegamos así a la conclusión de que los actos del estúpido tienen un fundamento emocional que no ha podido, o no ha querido ser regulado, por el sujeto. Siguiendo esta premisa, deduzco que la persona que no puede, o no quiere regular sus emociones tiene un problema, desde el momento en que perjudica a otros por dicho motivo. Entonces tenemos, por fin, que la mayoría de estúpidos a los que yo me refiero tienen un problema que no viene impuesto por ningún orden público ni normas, explícitas o abstractas, que lo constriñan.

El problema fundamental, es que la estupidez siempre tiende a ser mayor cuando se le da una coartada ideológica. Si todo fuera simple incivismo, si todo fueran colillas desposeídas de sus preciados nichos, si todo fueran caquitas o zurullos desperdigados por doquier en ramblas y avenidas, si todo fueran esas simples cosas materiales, o acaso estéticas, quién debatiría o clamaría al cielo por el maldito civismo. Quien eso hiciera bien merecería como castigo un curso avanzado de sociología marxista para erradicar esa gran ignorancia de su cabeza. El estupidismo, como yo lo entiendo, es la peor forma de incivismo porque siempre es ilimitado. De hecho, constituye su parte esencial y es la que se comete más a menudo en la mayor parte de espacios urbanos de, pongamos, Barcelona.

Contravenir las normas es algo excitante y revelador para muchos, especialmente para los estúpidos como fácilmente se puede entender. Yo, como no quiero coartadas ideológicas ni tengo condiciones materiales que justifiquen mi ira contra el orden público me he limitado siempre a ser un imbécil obediente, que ha querido participar de una utopía compartida con el resto de imbéciles que no tienen tanta facilidad para ejercer su libertad sin cortapisas. El desorden, cierto incivismo, es inherente a los grandes espacios urbanos de convivencia; el estupidismo, por el contrario, es algo fácilmente evitable y tan sólo depende de la voluntad de algunos, estén embriagados o no.

31 dic 2009

Entre toros y hombres








Los toros. "Per una Barcelona antitaurina" se puede escuchar o leer en cada rincón de esta pequeña ciudad. En algunos círculos, casi siempre concéntricos, de gente, de personas o cosas (hay seres que se quedan en eso), un torbellino de pensamientos giran en espiral hasta acabar siempre convertidos en una misma proclama. Quizás porque mis orígenes hay que buscarlos en un pequeño país llamado Uruguay (muy de lejos de aquí), que nunca he sentido interés alguno por el mundo taurino.

Nunca me han gustado los toros, ni la caspa, ni los malditos pasodobles que de pequeño siempre torturaban mi sentido musical: mis oídos expectantes al ruido fino o a la melodía más común, pero siempre alejada de la excitación que produce la contemplación de la sangre. En absoluto conozco lo suficiente como para poder deliberar con rigor acerca de esta fiesta y sus liturgias, pero sí quiero, no obstante, dejar mi impronta, mi opinión sobre tan persistente debate: toros sí, toros no... (para empezar, no creo que Barcelona merezca una consideración diferente en este punto: Irak no es la Monumental, para entendernos). 

La verdad es que no lo tengo muy claro, pero después de ir  picoteando información en todo tipo de medios durante años, después de escuchar muchas opiniones, algunas cercanas y otras  más distantes, lo cierto, es que no me puedo inclinar. Me he quedado como un palo fijo, como el hombre,  que aterido o pasmado, se encuentra frente a frente con una bestia negra y descomunal que lo mira desafiante. La muerte pueden ser dos astas (quizás baste sólo una); puede ser una embestida certera y colosal o puede no-ser,  tan sólo como excusa para justificar el tedio de muchas otras vidas. 

Yo no soy, por fortuna, desmemoriado, y puedo dar fe (la que me brindan generosamente las hemerotecas) de que muchos toreros han muerto durante las lidias, algunos eran más insignes que otros, pero todos coincidían en su condición humana (ya sé que son los toros los que más mueren en una proporción obscenamente desafortunada, pero no quiero entrar en el debate acerca de una supuesta humanización de las bestias o, menos aún, sobre la empatía que les podríamos profesar). 

También puedo afirmar que es un espectáculo que nunca me ha gustado, que no me gusta en absoluto. No me gusta, no me cae bien su público medio (esto viene del hombre medio en que muchos manuales de Derecho me hicieron creer). Tampoco toda su liturgia ni lo que para muchos representa. A mi me gustan las dehesas, me gusta ese animal bravo, ese coloso que puede representar la tragedia más universal. Hay a quienes les gusta coronar las montañas más altas de la Tierra, sin duda es un desafío más honesto y menos sangriento (a pesar de los muchos dedos y extremidades que se pueden perder en el intento). No voy a discutir que en este último caso se trata de un desafío sin “alteridad” posible. 

A otros, les gusta enfrentarse a la muerte en el ruedo, jaleados o vapuleados por quienes asisten a un espectáculo perverso, cargado de potencial trágico y que  parece querer perpetuarse en el tiempo con vehemencia. Definitivamente, no soy una persona antitaurina, aunque desde una perspectiva más platónica, me gustaría un duelo más igualitario y menos sangriento; menos banderillas, menos caballos y más cuerpo a cuerpo, sólos Toro y  Hombre. Sobre la inevitable tragedia final, no la discuto: en todos los duelos a muerte  sólo uno puede sobrevivir. ¿Per una Barcelona antitaurina? Sí, porque después de 30 años viviendo en esta ciudad no conservo un solo recuerdo que guarde estrecha relación con el furor que este espectáculo sí que despierta en otros lugares. ¿Por quiénes no, entonces, debería dejar de serlo? En la calle nunca les veo.