24 nov 2010

Cavilaciones de un militante de izquierdas antes de ir a votar


 

Al igual que todas las sociedades siempre han despreciado y excluido a las personas más empobrecidas y marginales, desterrándolas, sino al olvido, sí a los arrabales de sus ciudades, los partidos de izquierda, al igual que aquéllos, somos los pobres de la política con quienes nadie quiere identificarse y, menos aún, mostrar su apoyo públicamente -permítanme que haga este símil que se lleva fraguando en mi mollera desde hace algunos días-. Lo que sucede es que, aunque las personas tiendan de forma natural a desplazar de sus vidas, a ignorar, lo que consideran como formas fracasadas de existencia, no por ello dejan éstas de existir, ni su existencia deja de ser conocida por todos. Pues bien, estoy en el convencimiento de que lo mismo sucede con la izquierda política, la verdadera, aquélla que se distingue claramente de todas las demás porque en ella todo es escasez y praxis solidaria; que se distingue, también, porque en ella no hay ampulosidad ni individualismos exacerbados; donde todo se comparte menos el bullicio de las multitudes enfervorecidas que nunca van a acudir a sus no-lugares.

Sumida en sus miserias y penalidades, la gente es incapaz de creer en algo que no simbolice todo aquello que ansían como puedan ser el poder, el éxito o la abundancia material. En algunos casos, son la desidia y pataleo infantil los que provocan que en nada se crea, convirtiéndose en la mejor solución para hacer frente al difícil reto que supone hoy en día comprometerse políticamente, ¡y ya no digamos con una política que sea coherente con lo que pensamos! Esto último es muy importante porque convencido estoy, también, de que son muchos y muchas los que no votan según lo que puedan pensar, sino que lo hacen según lo que sienten más superficialmente*. Nadie va a disfrutar con nosotros de la correspondencia mediática que más íntimamente se desea; nunca van a sentirse arropados por la ficción momentánea de formar parte del grupo elegido: el que ha de manejar auténtico poder y el que ha de tomar las decisiones importantes. Parece ser que nadie quiere ir a la fiesta con los que tienen el pastel más pequeño. Parece que digan que, en el fondo, todos nos sentimos gente importante y queremos lo mejor.

Pero, también los hay quienes creen por error que están por encima o fuera del sistema. Los llamados abstencionistas son como los agnósticos que no se deciden a definirse como ateos (lo que en última instancia sería más coherente), y despotrican de dios, de la Iglesia y de todo ceremonial religioso pero después no obran en consecuencia y se reservan un derecho, muy cómodo por cierto, a no negar rotundamente la existencia de un dios. Arguyen que existen cosas que el ser humano no es capaz de percibir ni de comprender -vamos, que no se pueden demostrar-. Practican un juego perverso que se basa en el “participo, pero no quiero saber nada de reglas”, “participo, pero no me interesa saber a quién le debo las gracias por poder participar”, “participo, pero tanto me daría si no puedo hacerlo”, lo que equivale a decir que tanto les da ser esclavos que amos y que, su única meta, es la de sobrevivir (individualmente) con los máximos privilegios -digo participar, porque todos participamos de la cosa pública; queramos o no queramos y seamos, o no, conscientes-. No quieren más dolores de cabeza, ni más complicaciones, sólo quieren que los políticos les dejen en paz y poder así vivir tranquilamente. Me temo que, tal como están los tiempos, eso no es posible y, también, por tanto, que su opción no es la mejor manera de contribuir a la causa colectiva.

Me podrán decir entonces lo que tanto les gusta: “Que ya están cansados, que los políticos son todos iguales y que, después de mucho tiempo de reflexión (si es que la llegan a hacer algún día) no quieren formar parte de ese circo donde, además, no hay programas unívocos que aglutinen sus exquisitas sensibilidades políticas. ¡Como si eso fuera posible! ¡No está nuestra ideología para sibaritismos! Cuando se trata de implicarse con la ideología de izquierdas todos se convierten en grandes gourmets de la política, parece que todo sirve, cualquier excusa es válida para no hacerlo y, mientras esto sucede, son otros los que se adueñan del destino de todo un país porque simbolizan el éxito al que toda vida fracasada aspira. ¿Y cuál es éste? El que desde tiempos inmemoriales ha regido la vida del hombre: el sueño por una vida materialmente mejor. “Ellos sí que van a conducirnos a la vida soñada, o al menos mejorarán la presente”, se dirán. Crearán espejismos con los que poder seducir a las almas torturadas que vagan desesperadas por sus páramos yermos. Acabarán votando lo que menos les conviene, y ejercerán su derecho (¡que tantas vidas costó!) para ir en contra de sus propios derechos. ¡Qué vil paradoja! Creo que no me equivoco si afirmo que esto supone un auténtico despropósito.

Afortunadamente, todo lo que peroro tan sólo son presunciones con las que intento explicarme el abandono que sufre la Izquierda en su lucha por recuperar y ampliar las conquistas logradas mucho tiempo antes por generaciones de hombres (y mujeres) valientes y generosas. El hecho de que casi todo hoy se decida en las urnas a golpe de emociones no es un buen síntoma de la deriva humana. Parece que todos estemos encerrados en una burbuja sentimental de la que no es posible salir a no ser que se nos ofrezca un botín suculento, o la ingenua promesa de que el mundo va a ser feliz, como de niños la mayoría nos imaginábamos que era. Quizás, y más probablemente, ello nunca sea posible porque otros se han preocupado, y mucho, de que ya no necesitemos nada por lo que valga la pena luchar y comprometerse. Sin embargo la gente se olvida de algo importante, que seguimos siendo nosotros quienes decidimos el qué y el cómo de nuestro futuro.


* Lo que yo denomino sentimiento superficial se diferenciaría del íntimo en tanto que el primero se acomoda en el ámbito de lo sensible, de lo aparente y, generalmente, las emociones que lo sustentan son pasajeras o temporales; mientras que el sentimiento más íntimo, o profundo, es aquél que se desprende de nuestras cualidades humanas y que se sustenta en emociones que permanecen arraigadas.

11 oct 2010

El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte





Hace unos años recuerdo como con gran insistencia algunos profesores del Departamento de Filosofía del Derecho nos recomendaban una y otra vez que leyéramos El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte. Yo como buen alumno siempre receptivo a las recomendaciones de aquellos profesores que merecían mi confianza no tardé en irlo a comprar y, al poco tiempo, ya lo tenía en casa. Desde aquél entonces han pasado muchos años y muchas cosas. En una ocasión hice un amago de leerlo pero me pareció excesivamente estadístico, vamos, que me costó mucho de deglutir. Así que abandoné mi buenos propósito pocos minutos después de empezarlo.

El caso es que hasta este verano no he afrontado el trabajoso reto que supone emprender su lectura nuevamente. De hecho, me he sentido como una especie de Indiana Jones en busca del enigma, del misterio o la luz que se esconde entre sus páginas. Finalmente he encontrado el fabuloso tesoro al que tantas veces había hecho referencia nuestro profesor. Las palabras de Karl Marx no pueden ser más claras y reveladoras, tampoco pueden ser, y lamentablemente, más actuales. He pensado, quizás ingenuamente, que la mejor manera de celebrar este hallazgo seria compartirlo con mis lectores. Así que aquí van sus palabras:

"La nueva Constitución no era, en el fondo, más que una edición republicanizada de la Carta Constitucional de 1830. (...) La antigua organización administrativa, municipal, judicial, militar, etc., se mantuvo intacta, y allí donde la Constitución la modificó, estas modificaciones afectaban al índice y no al contenido; al nombre, no a la cosa.

(...) La Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron promulgada más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases. Allí donde veda completamente a los otros estas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la seguridad pública, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal, se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente."

Dicho esto, ¿para qué sirve hoy en día una Constitución? No cabe duda que Marx fue un gran visionario que ayuda, y mucho, a comprender los atropellos legales que nos hemos acostumbrado a sufrir con demasiada frecuencia. Así que frente a esto no puedo más que decir que quien quiera entender que entienda.

Ayer comentaba con unos compañeros de Lérida que una de las grandes conquistas del actual sistema económico capitalista no es haber conseguido instaurar la precariedad laboral en el mercado de trabajo, sino, y lo que es mucho más grave, lograr que los sentimientos que ésta provoca sean relegados al espacio íntimo e individual de los trabajadores y trabajadoras. Lo cual significa algo muy desesperanzador; que frente a todas las adversidades venideras no es factible pensar que puedan sumarse fuerzas para hacer frente a los poderes cada vez más opresivos que intentan reducirnos a meras expresiones, o transacciones, económicas.

La lucha sigue más viva que nunca y nos es bueno que hoy, ni  jamás, nos durmamos. Ahora defender nuestra dignidad se ha convertido en la tarea más ardua y difícil que podamos afrontar. Quizás tengamos que remover todos aquellos obstáculos -a los que hace referencia el artículo 9.2 de la Constitución Española- con el fin de que se hagan efectivas y reales las condiciones de libertad e igualdad que nos corresponden a todos los individuos y grupos. La tarea, no obstante, no va ser fácil.