31 dic 2009

Entre toros y hombres








Los toros. "Per una Barcelona antitaurina" se puede escuchar o leer en cada rincón de esta pequeña ciudad. En algunos círculos, casi siempre concéntricos, de gente, de personas o cosas (hay seres que se quedan en eso), un torbellino de pensamientos giran en espiral hasta acabar siempre convertidos en una misma proclama. Quizás porque mis orígenes hay que buscarlos en un pequeño país llamado Uruguay (muy de lejos de aquí), que nunca he sentido interés alguno por el mundo taurino.

Nunca me han gustado los toros, ni la caspa, ni los malditos pasodobles que de pequeño siempre torturaban mi sentido musical: mis oídos expectantes al ruido fino o a la melodía más común, pero siempre alejada de la excitación que produce la contemplación de la sangre. En absoluto conozco lo suficiente como para poder deliberar con rigor acerca de esta fiesta y sus liturgias, pero sí quiero, no obstante, dejar mi impronta, mi opinión sobre tan persistente debate: toros sí, toros no... (para empezar, no creo que Barcelona merezca una consideración diferente en este punto: Irak no es la Monumental, para entendernos). 

La verdad es que no lo tengo muy claro, pero después de ir  picoteando información en todo tipo de medios durante años, después de escuchar muchas opiniones, algunas cercanas y otras  más distantes, lo cierto, es que no me puedo inclinar. Me he quedado como un palo fijo, como el hombre,  que aterido o pasmado, se encuentra frente a frente con una bestia negra y descomunal que lo mira desafiante. La muerte pueden ser dos astas (quizás baste sólo una); puede ser una embestida certera y colosal o puede no-ser,  tan sólo como excusa para justificar el tedio de muchas otras vidas. 

Yo no soy, por fortuna, desmemoriado, y puedo dar fe (la que me brindan generosamente las hemerotecas) de que muchos toreros han muerto durante las lidias, algunos eran más insignes que otros, pero todos coincidían en su condición humana (ya sé que son los toros los que más mueren en una proporción obscenamente desafortunada, pero no quiero entrar en el debate acerca de una supuesta humanización de las bestias o, menos aún, sobre la empatía que les podríamos profesar). 

También puedo afirmar que es un espectáculo que nunca me ha gustado, que no me gusta en absoluto. No me gusta, no me cae bien su público medio (esto viene del hombre medio en que muchos manuales de Derecho me hicieron creer). Tampoco toda su liturgia ni lo que para muchos representa. A mi me gustan las dehesas, me gusta ese animal bravo, ese coloso que puede representar la tragedia más universal. Hay a quienes les gusta coronar las montañas más altas de la Tierra, sin duda es un desafío más honesto y menos sangriento (a pesar de los muchos dedos y extremidades que se pueden perder en el intento). No voy a discutir que en este último caso se trata de un desafío sin “alteridad” posible. 

A otros, les gusta enfrentarse a la muerte en el ruedo, jaleados o vapuleados por quienes asisten a un espectáculo perverso, cargado de potencial trágico y que  parece querer perpetuarse en el tiempo con vehemencia. Definitivamente, no soy una persona antitaurina, aunque desde una perspectiva más platónica, me gustaría un duelo más igualitario y menos sangriento; menos banderillas, menos caballos y más cuerpo a cuerpo, sólos Toro y  Hombre. Sobre la inevitable tragedia final, no la discuto: en todos los duelos a muerte  sólo uno puede sobrevivir. ¿Per una Barcelona antitaurina? Sí, porque después de 30 años viviendo en esta ciudad no conservo un solo recuerdo que guarde estrecha relación con el furor que este espectáculo sí que despierta en otros lugares. ¿Por quiénes no, entonces, debería dejar de serlo? En la calle nunca les veo.


17 dic 2009

Ganan las migajas







Hoy en Cataluña, una masa deshonesta reclama por la “libertad” de sus peculios. Estas gentes (a menudo fácilmente excitables y casi siempre las más dispuestas a luchar a ciegas por algo tan sencillo como la defensa de unos intereses propios) miraron a un lado, miraron al otro y se dieron cuenta que sus vecinos habían sido premiados con un privilegio extraordinario.
Éste, parece ser que consistía en el beneficio limpio y amable de heredar sin complejos; es decir, en no tener que pagar ningún tributo por el simple y maravilloso hecho de recibir el legado que algún familiar responsable con la tradición les dejó para su disfrute. -En los más de los casos éstos suponen una madeja de posibles futuros, libres de la tortura que conllevaría la práctica de la solidaridad. O, siendo menos prosaicos, libres de la asunción de una justa redistribución de las riquezas (que algunos recibirán por el sólo hecho de llevar tal o cual apellido)-. 
Cuando se percataron de esto, pensaron: ¿pero si ellos no pagan, por qué tenemos que pagar nosotros? (esta es sin duda la pregunta más universal para justificar una infamia). Desde los sectores catalanes de casta más noble (acaso veladamente desde algún partido político) se empezó a promover una lucha engañosa, y del todo oportunista, para conseguir los mismos privilegios que habían conseguido sus vecinos. De ésta se pasó a una cierta burguesía y de aquélla, el sentimiento se fue degradando hasta llegar a las capas más bajas de una sociedad democráticamente feudal (permítaseme este pequeño oxímoron, escribo con muchas prisas).
Todos los medios de comunicación se hicieron eco rápidamente de aquellas reivindicaciones, la gente empezaba a murmurar por las calles y muchos empezaron a sentirse pobres y desgraciados al no saber que hacer con sus pesadas herencias. Dícese que no podían pagar los tributos que por ellas les exigían (lamentablemente desconozco la particularidad de cada caso para poder opinar con mayor rotundidad).
En el Parlamento los grupos políticos empezaron un agrio debate defendiendo cada cuál sus intereses. Extrañamente, resultó que tan sólo uno de ellos, un grupo minoritario que egoístamente se dedicaba a una causa llamada justicia social, opuso feroz resistencia. Finalmente, no obstante, y por una cuestión sentimental mayoritaria, se decidió sabiamente que lo que no gusta a “muchos” ciudadan@s, vale para tod@s. Así que se decidieron a hacer algunas reformas con el único fin de equipararse a sus vecinos.
Ahora, en esas estamos, en un debate político sin sonrojo, donde lo que se discute no son más que las migajas por un Estado social que languidece. ¿Pero que será eso del Estado social?, muchos se preguntarán. Adivino que la masa deshonesta no quiere adentrarse en una reflexión tan política, tan económica, tan profunda como esa. Pero antes de acabar con esta historia, por la que muchos sentirán verdadera ingratitud, quiero recordar una sola cosa: nadie, absolutamente nadie, nunca tuvo, tiene, ni tendrá la distinguida obligación de aceptar una herencia.